Era una de las causas clasificadas en esa lista, el Factor 4-04, segun el cual algunos miembros de una especie de otro planeta podrían llegar a la Tierra para poner en práctica ciertas habilidades, físicas o mentales. Por ejemplo, para corroborar si son capaces de controlar mentalmente a los hombres. Pero éste no era el caso: la nave arribó a la Tierra accidentalmente. Sus tripulantes no vinieron a poner a prueba sus poderes psíquicos o corporales, aunque podrían estar ejerciéndolos para conseguir lo que ahora, forzados por las circunstancias, pretendían. Otro de los detalles interesantes que Conors mencionó tenía que ver con un tercer testimonio de parte de Holler, en el cual éste aludió a cierta transparencia en el cuerpo que estaba observando aquella noche, a través de la cual podía notar una estructura un poco amarillenta, semejante a una cadera humana, pero muy delgada y pequeña. Conors conjeturó que Holler estaba describiendo el esqueleto de aquella entidad, el cual mantuvo su tamaño y su forma mientras la carne que lo alojaba se estaba dilatando desmesuradamente.
- Ese hombre siempre tiene algo nuevo que decir- comentó Clive-. ¿Y tiene eso alguna importancia?
- ¿Lo del esqueleto? - dijo Conors-. No, no la tiene. Al menos no por ahora. Sólo que en el canal estaba discutieron si convenía dar a conocer este tercer testimonio, que no parece aportar mucho a la investigación. Pero me llama la atención que también nuestro noticiero haya obtenido esta primicia, y que se le haya encargado a Leslie su publicidad, para engrandecer su prestigio, sin dudas. Ya se está convirtiendo en la estrella del canal. Y no lo señalo por celos, sinceramente no me importa este asunto, sólo me causa extrañeza. Leslie estaba dispuesta a darlo a conocer, pero escamoteando algunos aspectos. Consideraba que ciertos datos no deberían divulgarse. ¿Por qué?
- No sé - dijo Clive-, y no creo que ella me lo diga. Quizá nunca más volvamos a hablar.
Detuvo el automóvil frente a la residencia de Conors. Se despidieron. Clive tenía la impresión de que una bruma le envolvía la mente, y también el corazón, mientras Conors descendía del vehículo. Una pesadez que se apoderaba de sus recuerdos, de la imagen de las personas que conocía pero que ahora se mostraban extrañas, flotando en su memoria con un aspecto que nunca antes habían exhibido: Leslie, Temper... Como si esas últimas palabras de Conors hubieran modificado todo lo que creía del mundo que alguna vez lo había rodeado cotidianamente, y en el cual, de alguna manera, aún vivía.
Pero ya era otro mundo, todo a su alrededor ya era distinto. Holler se había vuelto un posible charlatán, aunque aún no había razones sólidas para poner en duda sus testimonios, y tampoco podía fiarse ciegamente de Leslie, y de hecho nadie, ni siquiera sus compañeros de trabajo, podían hacerlo. También Temper le resultaba ahora alguien distante, raro, transfigurado por sus propias indagaciones, y Roggan una especie de inútil excesivamente activo y persistente. Y también esas criaturas, que al principio eran simplemente unas formas de vida asombrosas, a pesar de su peligrosidad, pero que ahora acaso detentaban un poder realmente perturbador, más temible que el de sus meros cuerpos.
Pisó otra vez el acelerador. Se preguntó si Temper, o Roggan, estaban ya al tanto de lo que Conors le había confiado. Se preguntó si valdría la pena acudir a ellos. Hacía 2 días que no recibía ningún mensaje, ninguna llamada de parte de Temper. Eso nunca había sucedido desde que aquella nave se estrelló contra el tren. Y con Roggan nunca había tenido una relación demasiado estrecha.
Quizá ahora tenía que continuar solo. Simplemente eso. Quizá de eso se trataba. Le había ocurrido muchas veces a lo largo de su vida, y simplemente ahora le estaba ocurriendo nuevamente. Y de pronto descubrió que no estaba muy lejos de la residencia de Holler y, por lo tanto, tampoco del sitio en el que había ocurrido el accidente.
Se dirigió en esa dirección. Recordó que el tren aún no había sido reparado ni sustituido por otro. El servicio ferroviario que pasaba por esa ciudad aún no se había restituido, por lo que el gobierno había puesto a disposición de quienes no cuenten con otra alternativa de movilidad unos cuantos taxis y remises y una tarifa reducida y general para todos los pasajeros.
Bien, bien por el gobierno. A eso se le llama "velar por la gente".
Pero los hierros retorcidos y chamuscados seguían allí, aunque en menor cantidad, y las vías desviadas, divididas en dos tramos incomunicados.
Bajó del auto y se acercó a la zona del desastre. Se paró en una región bastantes elevada del terreno, acaso en el mismo sitio en el que estuvo parado Holler aquella noche mientras observaba esos mismos vagones volteados. Eran 4, y otro más que se mantenía en pie. El resto del tren había seguido adelante, con los vagones que le quedaban, hasta que se incendió unos cuantos kilómetros más adelante.
Fue una locura, una verdadera pesadilla.
Se preguntó si Leslie también habría estado allí, tomando fotos, filmando, para su espacio en el noticiero. Aunque ya no había nada que valga la pena ver allí, ningún motivo para estar en ese lugar salvo que se quiera experimentar esa atmósfera de circunstancia póstuma, de insuficiente evidencia, que no podía captarse con una fotografía o un documento fílmico.
Había que estar allí para percibirla.
- ¿Buscando evidencias? - preguntó alguien que se había parado detrás de él.
Era Roggan.
- Ésa es su tarea - respondió Clive-. Sólo vine a, no sé a qué, a echar un vistazo al lugar que ha cambiado de alguna manera nuestras vidas. Por curiosidad, creo. ¿Usted?
- Vengo por aquí todos los días - dijo Roggan-. Por lo general al amanecer. Cada vez hay menos chatarra. Todos los días se llevan un poco. No sé quiénes, los vagabundos o los agentes federales. O, quizá, algunas de las mismas criaturas que venían en la nave. Posiblemente en unos días más toda esta basura haya desaparecido por completo.
Editado: 17.08.2026