El factor 3-73

8

Nada más. Ya no diría nada más.

Simplemente no tenía ganas de hablar otra vez con esos hombres. Así que dijo que no, que ya había dicho todo lo que sabía y que no tenía sentido emprender un nuevo interrogatorio.

- ¿Entonces terminamos aquí? - preguntó el oficial -. ¿Está seguro? ¿No recuerda nada de lo que no nos haya hablado?

- Nada - dijo Holler-. Ahora sí, no tengo nada que agregar a lo que ya he declarado. Mi relación con este caso termina aquí.

- Perfecto- dijo el oficial-. Entonces ya no volveremos a molestarlo. Y le agradecemos su colaboración.

Agarró la libreta que había dejado sobre la pequeña mesa, se puso de pie y se retiró. Holler observó su partida con cierto resquemor. Algunos detalles seguían dando vueltas dentro de su cabeza. ¿Los había mencionado en los interrogatorios? No le importaba. Los hechos se estaban desarrollando de una manera demasiado escabrosa, y quería alejarse de ese asunto definitivamente. Había empezado a sentir miedo, y ya no le resultaba tan divertido conversar con oficiales y detectives a cada rato.

Simplemente, ya no quería volver a hacerlo.

Cerró la puerta luego, de despedirse, una vez más, del oficial.

¿Cuál era su nombre? Bill, o Bell, algo así le había dicho.

Nunca antes lo había visto.

Regresó a la cocina. Se preparó un café. Ahora estaba, además, un poco ansioso. Miró a través de la ventana, ese paisaje que no había sido convulsionado por el accidente, que no formaba parte de lo que necesitaba olvidar. Un poco de hierba oscura, pasto, un tronco talado al lado del cual yacía un bidón vacío.

Los ojos, los ojos de la criatura eran dos puntos negros, como si consistieran exclusivamente en dos pupilas. Eso no lo había mencionado en los interrogatorios.

¿Pero qué importancia podría tener? Tampoco le habían preguntado si el individuo tenía ojos, o cómo eran.

Bebió el café, casi de un solo sorbo. La taza era muy pequeña, parecía de juguete. El café tenía la particular amargura de no haber sido preparado por su esposa, o quizá había olvidado colocarle azúcar. Solía pasar por alto este trámite, sin darse cuenta. Se preguntaba si acaso el azúcar no estaría vinculada a algún recuerdo desagradable que su psiquis trataba de reprimir.

Pero ella no, Delia nunca olvidaba este detalle.

Se acercó a la ventana. La luna tenía esa luminosidad típica de su apariencia nocturna, a pesar de que todavía imperaba la claridad del día. ¿Qué hora era? Probablemente las 7, o las 7 y media, de la tarde. El crepúsculo venía rodando como una enorme manzana corrompida, desde algún remoto rincón del cielo.

Un helicóptero, y luego otro, pasaron por delante de esa luna, pero eso ya era común de ver en estos días. Todos andaban buscando lo que nunca encontraban, o lo que sólo había sido encontrado por unos pocos, y conservado... ¿Dónde?

¿Dónde señor Holler? ¿Por qué no dice lo que realmente piensa? Usted no vio a los agentes federales revolviendo los hierros quemados, pero vio el vehículo del Centro de Estudios Generales de Michigan cerca de una turbia y bastante lejana aglomeración de árboles.

Los agentes debieron haber bajado de ese vehículo. ¿De dónde si no?

Esto tampoco lo comentó en ninguno de los interrogatorios. Y esto sí era realmente importante.

¿Por qué no lo dijo? Primeramente, porque creía que quienes lo interrogaban ya estaban al tanto de este detalle, o que formaban parte de esas mismas fuerzas federales. Y en segundo lugar no lo dijo porque tampoco quería indagar demasiado en esa imagen que campeaba dentro de su memoria sin una conexión clara con el resto de sus recuerdos, y que además tenía todo el aspecto de un evento fortuito o inexplicable. Pero si lo pensaba un poco aquello no tenía nada de casual: el vehículo estaba allí porque de él habían descendido los agentes federales, para llevarse luego a la criatura seguramente hasta alguno de los sótanos de aquel Centro de Estudios del cual no solía hablarse mucho en los medios de comunicación.

¿No debería decirlo ahora, ahora que se estaba considerando la posibilidad de que todo eso termine si se encuentra a la criatura?

No, no lo sabía. No estaba seguro. Una sensación de malestar subía desde su estómago hasta su garganta. El café, ese maldito café. Debió esperar a que llegue Delia en vez de meterse solo en la cocina, ese lugar tan ajeno a su naturaleza, donde no sabía preparar ni siquiera un café.

Y otra vez los helicópteros. 2 helicópteros, pasando rápidamente por ese sector del cielo que ya habían surcado los otros. ¿O eran los mismos? Tal vez habían regresado o estaban merodeando sobre la misma región de la ciudad.

La puerta principal de la casa se abrió bruscamente. Delia ingresó sosteniendo a duras penas un montón de paquetes que luego dejó en el sofá.

- ¿Ya viste lo que está pasando? - le preguntó.

- ¿Los helicópteros? - preguntó a su vez Holler.

- Están por toda la ciudad - dijo ella.

- Eso hace rato que está ocurriendo - dijo él.

- Ahora hay muchos más - dijo ella-. Y también aviones. Esto se está poniendo cada vez peor. No debiste presentarte como testigo. Ahora vendrán a buscarte para interrogarte otra vez. Esa costumbre tuya de querer participar donde no te llaman.

- No lo harán - dijo Holler-. Ya les dije que no tengo nada más para decir. Llamarán a otro.

- No hay otro- dijo ella -. Solamente tú estuviste esa noche en ese lugar.

- Bien - dijo Holler-. Entonces les diré a dónde llevaron a la criatura y con eso ya no volverán a molestarnos.

-¿Lo sabes? - dijo ella-. ¿Sabes dónde está esa cosa? ¿Y por qué no lo dijiste antes?

- No lo sé - exclamó Holler, sobresaltado-. No sé por qué no lo dije. No estaba seguro, no lo entendía. No creía que fuera conveniente, o que tuviera alguna importancia. Era sólo un vehículo estacionado a lo lejos. No sé, no sé por qué no lo mencioné. Ahora me doy cuenta de que tenía cierta relevancia en esa escena. Ahora, recién ahora lo advertí. Así que ya no quiero hablar de esto. Sí, es cierto, tendría que haberlo dicho, pero no lo dije. Y, bueno, lo diré ahora entonces. ¿Cuál es el problema?




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