Detuvo su auto frente a la plaza. No descendió. Se quedó mirando a través de la ventanilla a los niños que jugaban en las hamacas. Los niños caían como gotas de lluvia frente a sus ojos, y volvían a elevarse hacia el cielo, riendo a carcajadas.
"Convocatoria Nacional: el Ministerio de Seguridad Interior ha iniciado una convocatoria urgente a raíz de los recientes eventos que ya son de público conocimiento. Quienes hayan ejercido una profesión o tarea relacionada con la investigación policial, o hayan sido, directamente, policías o militares, y se encuentran actualmente apartados de dicha actividad, pueden presentarse en la oficina central de nuestro Ministerio, donde se les tomarán los datos y se les indicará en qué consistirán las tareas que les serán encomendadas en pos de la defensa de nuestra nación"
Así era el texto, estaba en la página número 15 del periódico y continuamente lo exponían en la televisión y en las redes sociales. Y Roggan se presentó a dicha oficina y empezó a trabajar, otra vez, para una organización cuya vinculación con el gobierno no estaba del todo clara. ¿O no eran ellos quienes estaban ocultando la evidencia, en algún sombrío rincón de esa ciudad? Michigan... ¿Por qué precisamente allí?
El Centro de Estudios Generales estaba frente a esa plaza, enorme, sereno y gris. Ese idiota de Holler... ¿Por qué no lo dijo antes? Quizá ya no había nada allí, quizá ya se lo llevaron a otro sitio, o quizá nunca estuvo allí...
Tenía que esperar. Las respuestas llegarían con el tiempo, si es que llegaban.
Por el momento sólo podía quedarse allí, vigilando, tratando de interpretar los movimientos de los pocos agentes que pasaban por esa vereda o entraban o salían del Centro, discerniendo sus figuras a través de las decaídas ramas de los árboles que ocupaban ese sector de la plaza.
Entonces vio algo que no esperaba ver jamás: Castle, saliendo de aquel edificio, deteniéndose a conversar con otro agente y continuando luego su camino hacia un destino que Roggan no era capaz de adivinar.
¿Qué hacía en ese lugar? Él no tenía nada que ver con esa institución, con esa gente.
No podía seguirlo. Castle lo descubriría sin inconvenientes, ya que no había otro vehículo en esas calles, salvo los que estaban aparcados, inmóviles y sin ocupantes. Un automóvil desplazándose llamaría fácilmente la atención. También un desconocido que caminara con excesiva prudencia y lentitud. Pero la curiosidad lo atormentaba. Necesitaba saber hacia dónde iba aquel hombre, estirarse, estirar su cuello como se estiraban aquellos cuerpos de otros mundos y seguirlo, aunque sea sólo con su cabeza, sin bajar del auto, hasta descubrir hacia dónde se dirigía y para qué había ido a esa ciudad. Porque ahí había una respuesta, una respuesta importante, y además por ese sentimiento, esa atracción, que siempre le inspiró ese hombre, una mezcla de antipatía ante su personalidad y a la vez aprecio por la manera con la que se desenvolvía en cada una de las tareas militares que le encargaban. Secretamente, siempre habían competido, porque también de parte de Castle había hacia Roggan algún escrúpulo que bien podría equipararse al respeto que impone lo desconocido. Al igual que dos extraterrestres que perteneciesen a planetas diferentes, trataban de comprenderse, el uno al otro, y a la vez se rehuían, compelidos por una desconfianza inexorable y lógica.
Encendió un cigarrillo. El humo se disipó inmediatamente revelando así la mala calidad del objeto que había colocado entre sus labios. Además, tenía un gusto horrible.
Bajó la ventanilla y lo arrojó a la calle. Un viento gélido ingresó al vehículo, esa clase de viento rudo, esa clase de frialdad, que suelen anticipar una tormenta, aunque el cielo estaba bastante despejado y las pocas nubes oscuras que alcanzaba a ver desde allí se encontraban aún muy lejos.
Entonces Castle volvió a aparecer en esa escena que había adoptado un estatismo casi intolerable, indignante.
Ahí estaba ese hombre otra vez, cruzando ahora la calle hacia la plaza, con su traje gris, su cabello casi totalmente blanco, su cuerpo esbelto y sus pasos rápidos y precisos.
Lanzó una breve mirada hacia donde Roggan estaba. Pero por suerte no lo vio, o no lo reconoció, y siguió caminando, con esa prisa un tanto escalofriante.
Editado: 10.09.2026