El Faro Negro

Prólogo

La mecánica del mundo siempre ha sido ruidosa, pero el fin del mundo, Dan descubrió aquel día, es un asunto silencioso.

En Puerto Ceniza, el tiempo no se mide en horas, sino en los giros rítmicos de la lente de Fresnel. Ese haz de luz era la única frontera contra la inmensidad, un dedo de fuego blanco que advertía al abismo que aún estaban aquí, que todavía pertenecían a ellos mismos.

Pero a las 03:14 de la madrugada, el engranaje principal soltó un chasquido seco, un sonido que recordaba al de un cuello rompiéndose en la horca.
Y entonces, el haz se detuvo.
No se apagó. Se quedó clavado, petrificado sobre una mancha de petróleo negro en el horizonte.

En ese instante, el Canto del Horizonte —ese zumbido que hace vibrar la base de los cráneos— subió de tono hasta volverse un grito sordo. Miró hacia el pueblo desde la barandilla de la torre. No hubo gritos, no hubo luces encendiéndose en las casas.

Solo vió sombras que salían de los porches y caminaban, con una lentitud ritual, hacia la orilla.

La luz ya no buscaba barcos. Ahora era un dedo acusador señalando la llegada de algo que la lógica humana no puede nombrar. Giró hacia el cristal, con el corazón martilleando contra sus costillas, y lo vió. Al principio fue solo una ondulación en el haz de luz, una distorsión viscosa. Pero luego, una mano —si es que a esa garra del tamaño de una lancha se le puede llamar así— se aferró al borde de la luz.

Fue entonces cuando comprendió el error de todos sus años en la ciudad: el faro nunca estuvo ahí para guiarlos a casa.

Estaba ahí para avisarles que el horror pronto emergeria de lo profundo.




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