El Faro Negro

1. El Arribo del testigo

El silencio en el habitáculo del coche era denso, cargado con el peso de los negocios que Dan había dejado atrás. Cada kilómetro de carretera era un intento desesperado por sepultar la humillación de una campaña fallida y el orgullo herido de quien se sabe derrotado en la ciudad.

—Dan, ¿estás seguro de esto? —preguntó Wendy. El viento, filtrándose por la rendija de la ventana, le alborotaba el cabello lacio contra el rostro—. Es un pueblo demasiado apartado.

—Lo estoy. Es lo mejor, cariño —respondió él, aferrando el volante con una fijeza que delataba sus nervios—. Ya no nos queda nada allá atrás.

Su voz, grave y contenida, casi se perdía bajo el rugido del motor mientras cruzaban el largo puente que conectaba el continente con la isla. Puerto Ceniza se materializó ante ellos no como un refugio, sino como una advertencia.

Al entrar, Dan no pudo evitar fijarse en las pescaderías flanqueando la calle principal; el olor a vísceras y mar profundo era una bofetada que contrastaba con el aire aséptico de las oficinas que solía frecuentar.

Era un panorama distinto, era evidente. A la derecha del camino se podía ver un grupo de muelles pequeños, almacenes descoloridos y un poco golpeados por el tiempo y el salitre. Una plaza pequeña en cuyo centro resaltaba una estatua de lo que en apariencias era un marino mirando al mar.

El automovil siguió su camino y cruzó por una avenida que separaba el centro del pueblo de su destino, el conjunto residencial conocido como barrio viejo. Dan examinaba todo, los edificios, las casas, lo que se le mostraba parecía estar atrapado en una cápsula del tiempo, y a su vez destellos de modernidad, un contraste bastante peculiar, no sabía que pensar.

También pudo notar el rostro de Wendy, su esposa, que se torcia en una mueca de desdén y desagrado. Ella estaba acostumbrada a la ciudad y a un estilo diferente al ofrecido por el pueblo.

Lo que más lo detuvo, sin embargo, fue el Faro Negro. Se alzaba al norte, una mole de ladrillos oscuros y macizos que parecía absorber la luz en lugar de reflejarla. Era una presencia soberbia, un guardián de piedra que vigilaba a la localidad con un ojo ciego, no pudo evitar estacionar el auto para contemplarlo por unos instantes.

El recibimiento fue orquestado por Charlie, un hombre cuya calva prominente brillaba bajo el sol grisáceo, tenía cuerpo regordete, y no era más alto que Dan, su esposa Clara lo acompañaba, una mujer cuya postura encorvada, ojos castaños y mirada pasiva sugería que cargaba con el peso de mil mareas.

—Al fin llegaron. ¡Bienvenidos a Puerto Ceniza! —exclamó Charlie con una jovialidad que a Dan le resultó extrañamente forzada—. ¿No tuvieron inconvenientes en el viaje?

—Fue largo, cuatro horas -contestó Dan mientras bajaba las maletas—. No imaginé que estuviéramos tan aislados.

Charlie lo ayudo con el equipaje y entraron a la propiedad. Una casa grande y moderna de solida construcción. La sala era amplia, pero las paredes parecían exudar un frío que no correspondía a la estación. Mientras Charlie enumeraba las virtudes de la casa —agua caliente, una cocina grande, jardín, cercanía a la avenida y playa—, Dan observó a Wendy. Ella examinaba las esquinas con una mueca de sutil desagrado, su figura esbelta y elegante fuera de lugar entre aquellos muros de cimientos viejos.

—¿Es lo suficientemente grande para ti? —le preguntó Dan.

—Es acogedora —respondió ella, aunque sus ojos azules seguían fijos en la ventana que daba al mar como evitando a su esposo—. Supongo tendré que acostumbrarme.

—Aqui podremos vivir en paz, cariño.

Tras la guía y muestra de la casa y el café de cortesía, Dan acompañó a Charlie al porche. No pudo evitarlo; su mirada volvió a escalar la estructura oscura en la distancia.

—Ese faro... ¿se ve desde todas partes?

—Desde casi cada rincón, amigo —explicó Charlie, clavando la vista en la torre de cuarenta metros—. Es una vieja construcción, fundacional. No dejes que su sombra te abrume; uno termina por acostumbrarse a su presencia.

Charlie le dio una palmada en el hombro. Lo que hizo que Dan se sintiera reconfortado por sus palabras.

—Pronto serás un porteño más —sentenció Charlie con una sonrisa—. Amarás este lugar y su aroma salino y no querrás volver nunca más a la ciudad.

—Supongo que tienes razón —acusó Dan.

—Muy bien, entonces les doy la bienvenida a nuestra comunidad -exclamo Clara con júbilo—. Wendy, aquí no te aburrirás, te lo prometo.

Tras esto, se despidieron y quedaron en verse pronto para conversar algunos detalles pendientes de la compra, y se marcharon.

La primera noche fue inquieta. Wendy insistió en cerrar las cortinas para bloquear la vista del enclave, que parecía observarlos desde la alcoba. Al día siguiente, luego de un buen desayuno con pocas palabras, salieron al centro del pueblo.

No cambiaba nada el panorama del día anterior, un conjunto de edificios de viejos cimientos, no muy altos, adornaban la calle principal, variedad de tiendas se encontraban ya abiertas ofreciendo sus servicios y, gente caminando entraban y salían, parecía que el pueblo era dinámico en la economía y el comercio.

Habían alquilado un espacio suficientemente amplio en uno de los edificios de ladrillos color rojo, mientras Wendy se encargaba con firmeza de los detalles del nuevo local de ropa que estaban por abrir, Dan salió a caminar por los alrededores.

Observaba todo, los edificios del centro también presentaban signos del paso implacable del tiempo. Mientras los transeúntes pasaban a su lado dando los buenos días y continuando su camino, Él se perdió por un momento en sus pensamientos hasta aquel día dónde todo cambio.

"Fue un fracaso tu propuesta Daniel, la empresa perdió clientes y millones en activos, muy mal, muy mal"

—Demonios, estúpidos, estuve rodeado de estúpidos —gruñó para si mismo, aún estaba abierta la herida de la derrota y la huida, y sus puños se apretaban dentro de los bolsillos de su chaqueta—. No soy alguien que deban subestimar.




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