El Faro Negro

3. Símbolo

El vestíbulo del Hospital de la Santa Cruz era un santuario de mármol y luz blanca. El aire, a diferencia de la clínica de la pesadilla, no olía a pescado podrido, sino a lavanda y antiséptico industrial.

Dan caminaba junto a Charlie, tratando de convencerse de que el terror que sentía era un residuo biológico de su mal sueño, una mala jugada de sus nervios agotados ante la limpieza impecable del lugar.

—¿Cómo te sientes? —susurró Charlie mientras se acercaban al mostrador de mármol.

—Mas calmado, creo —respondió, aunque no era del todo cierto.

—Estaras bien, amigo mío —animó Charlie— No has tenido tiempo de relajarte.

Una enfermera de sonrisa profesional los recibió y les indicó que el doctor los esperaba en su despacho privado. Al entrar, Dan sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado.

Tras el escritorio, un hombre enjuto y de cabello blanco como la nieve revisaba unos expedientes. Al levantar la vista, Dan se quedó paralizado: era el rostro de su sueño. La misma nariz afilada, los mismos ojos claros y hundidos que parecían examinar no su cara, sino lo que había detrás de ella.

—Dr. Aristhor, le presento a Daniel Gondell -anunció Charlie con naturalidad—. El testigo del que le hablé por teléfono.

El médico se puso en pie con una parsimonia casi ritual. Extendió una mano delgada y pulcra.

—Un placer, Sr. Gondell —dijo Aristhor. Su voz era seca, pero amable—. Lamento que su llegada a Puerto Ceniza se vea empañada por este infortunio. El comisario Brice se ha retrasado unos minutos en el muelle, pero podemos ir adelantando el papeleo.

—El gusto es mío —regresó el saludo con la misma cortesía, pero con un notable matiz en su voz, era sorpresa e inquietud por la coincidencia— Le agradezco Doctor, y no hay problema, estoy a la disposición en lo que dicta la ley.

Dan se sentó, tratando de recuperar el aliento. El despacho era acogedor, lleno de títulos universitarios y estanterías con libros de medicina moderna. Todo gritaba normalidad, hasta que el doctor comenzó a escribir en el acta.

Al terminar cada párrafo, el Dr. Aristhor levantaba levemente el bolígrafo y daba tres golpecitos rítmicos con su dedo anular sobre el escritorio. Toc, toc, toc.

Ese tic sutil, casi imperceptible, resonó en los oídos de Dan como una descarga eléctrica. Sus nervios aún alterados por el sueño y los acontecimientos le tenían sensible a cualquier estímulo.

—Entonces ese anciano murió por causas naturales —repitió Dan mientras repasaba cada palabra del doctor — Se ahogó tras sufrir un infarto ¿Es así?

—En efecto Sr. Gondell, era un hombre de avanzada edad —explicaba el doctor — Vivía en condiciones precarias y eso le trajo como consecuencia una falla cardíaca, su estado alterado y eufórico solo aceleró su final.

Dan dió suspiró aliviado, saber esto quitaba tensión de sus hombros. Sus sueños tan realistas y la experiencia con aquel extraño anciano, le dejaron la idea de que algo más oscuro había provocado su deceso. Pero aún no terminaba con el Galeno.

—Dígame, Sr. Gondell —Aristhor dejó el bolígrafo a un lado, manteniendo sus dedos entrelazados—. Charlie me comentó que usted habló con el fallecido antes del accidente. ¿Notó algún signo de desorientación? ¿Alguna frase que pudiera indicar un brote psicótico?

Dan dudó. Miró a Charlie, que observaba con curiosidad un mapa de Puerto Ceniza q colgado en la pared, y luego volvió al doctor.

—Hablaba de un "Canto" —respondió Dan, cuidando sus palabras—. Parecía aterrorizado por algo que vendría del horizonte. También pronunció un nombre... algo como Y'ha-nthlei.

El Dr. Aristhor no se inmutó, pero sus dedos realizaron el tic de los tres golpes una vez más, esta vez sobre el dorso de su propia mano.

—Interesante —murmuró el médico—. Es un término del folklore local, historias que los ancianos del puerto arrastran desde hace siglos para explicar las mareas altas. Es común que, en la demencia senil, los recuerdos de la infancia afloren con esa fuerza.

—¿Entonces no significa nada? —insistió Dan, buscando desesperadamente una explicación lógica que borrara su pesadilla.

—Significa que el mar es una presencia muy poderosa en este pueblo, Sr. Gondell —Aristhor se puso en pie—. Tanto, que a veces invade la mente de los más débiles. Si me disculpan un momento, iré a buscar el informe de ingreso para que el comisario lo encuentre listo. Siéntanse cómodos.

Cuando el doctor salió del despacho, el silencio se volvió denso. Dan se percató de que Charlie no había dejado de mirar el mapa del pueblo.

—¿No te parece mucha coincidencia, Charlie? —susurró Dan—. Su aspecto... es igual al del hombre que vi en mi sueño.

Charlie se giró lentamente. La luz de la ventana le daba un aspecto casi irreal, suavizando sus facciones regordetas y haciendo que su calva reflejará el haz luminoso.

—Puerto Ceniza es un lugar pequeño, Dan. Quizás lo viste ayer de pasada y no lo recuerdas —Charlie se acercó y le puso una mano en el hombro—. El cerebro juega trucos extraños cuando quiere protegernos del estrés. No busques fantasmas donde solo hay médicos y buena voluntad.

Dan quiso creerle. Quiso pensar que Charlie tenía razón y que su mente estaba fabricando monstruos por puro cansancio. Pero entonces, al mirar hacia el escritorio del doctor, notó un pequeño detalle que Aristhor había olvidado cubrir: bajo el sello oficial del hospital, una carta, y en una esquina del papel, lo que parecía ser una imágen.

La detalló mejor, un triangulo invertido con un ojo en el centro y bajo este, lo que sería un remolino, de los costados salían tentáculos, o eso fue lo que pudo ver en su mirada rápida al papel.

—¡Hey, Charlie! —lo llamó — Mira esto, es bastante extraño

Charlie se acercó nuevamente al escritorio y cuando se disponía a ver lo que estaba en la carta, la puerta del consultorio se abrió. Era el Doctor Arishtor que entraba con una carpeta de color marrón. Ambos dejaron de prestarle atención al papel.




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