Al cruzar el umbral de su casa, Dan no encontró el caos que esperaba. El aire olía a té de jazmín y a cera para muebles. No escucho reclamos ni rostros constipados por la incomodidad, al contrario, había un silencio casi abrumador y calma.
Wendy estaba en la sala, revisando unos catálogos de telas locales con una fijeza que Dan no veía desde sus mejores días en la capital.
—Has tardado, Dan. Charlie llamo, mencionó que el Comisario los retuvo por un imprevisto —dijo ella, sin levantar la vista. Su tono era suave, desprovisto de la crispación del día anterior.
—Fue... algo en los muelles de Estrecho Austero. —se acercó a ella, la miraba con extrañeza—. El comisario Brice me dio una advertencia extraña, Wendy. Dijo que este lugar no es para gente como nosotros.
Wendy dejó el catálogo sobre la mesa y lo miró. Sus ojos parecían haber adoptado un matiz más grisáceo, como el cielo de la costa.
—Clara estuvo aquí —comentó ella, ignorando el comentario sobre Brice—. Es una mujer fascinante, Dan. Tiene una forma de hablar sobre el pueblo... como si cada rincón tuviera una razón de ser. Me hizo entender que mi resistencia solo me estaba agotando.
—¿Dijo todo eso? —terminó sentado a su lado, intentando comprender lo que ocurria en ese momento— Bien, creo que tiene algo de razón.
Wendy tomo las manos de Dan entre las suyas apretandolas un poco. Los ojos fijos en su esposo, decían más de lo que ella expresaba con palabras, una emoción contenida.
—Voy a abrir la tienda el lunes. Las costureras locales son talentosas, aunque sus métodos son... antiguos.
Dan no pudo contener la sorpresa, era una decisión rápida, quizás influenciada por las palabras de Clara, la noticia provocó en él una sonrisa que no pudo ocultar.
—Eso es apresurado, pero está bien —no buscaba restar importancia a la decisión de su esposa—. Me encargaré para que todo esté listo.
Los brazos de Wendy rodearon el cuello de Dan, fue atraído hacia ella en un cálido abrazo, "gracias" fue lo que salió de los labios de ella. Sin embargo, había algo más que seguía preocupandolo.
—Wendy —susurró— Cuando iba camino al hospital, tuve un sueño muy extraño.
Su esposa prestó atención, se separó de él manteniendose elegantemente sentada a su lado.
—El doctor Aristhor, a quien íbamos a ver, es idéntico al hombre de mi pesadilla, soñe con él sin conocerlo —nuevamente un frío recorrió su espalda y se manifestó en un leve temblor en sus manos—. Y vi un símbolo, como un triángulo invertido, en su despacho. No creo que sea una coincidencia.
Ella se levantó y le acomodó el cuello de la camisa con una delicadeza mecánica. Plantó un beso suave y delicado en su frente.
—Quizás es que finalmente estás prestando atención, Dan. Puerto Ceniza tiene su propio ritmo. No podemos pretender que se ajuste a nosotros; nosotros somos los que llegamos después. Solo... intenta descansar. Por nosotros.
Dan la miró en silencio. Ya no había gritos ni reproches, solo una aceptación silenciosa que le resultaba ahora mucho más aterradora que cualquier discusión. No comento nada más.
La noche transcurrió rápida como un suspiro, sin embargo, ese sonido punzante que atormentó los oídos de Dan, volvió a emerger desde la penumbra, no pudo dormir y se mantuvo en vigilia por un espacio de tiempo prolongado.
Ese sonido, vibraba en su interior, insoportable no por ser potente, sino porque calaba profundo en él. Cómo si un cuerno fuera soplado a la distancia y llegará los vestigios de aquellas ondas a sus tímpanos. Tras un breve momento, todo ceso y pudo entregarse al sueño reparador.
En los días siguientes, Dan intentó canalizar su ansiedad en lo que mejor sabía hacer: construir algo desde cero. Si Wendy iba a tener su tienda, él no se quedaría de brazos cruzados. No volvería al Capital Privado, pero podía usar su experiencia en logística y suministros.
Decidió alquilar un pequeño local cerca del puerto de la cooperativa para montar una distribuidora de suministros marinos de alta gama. Si el pueblo dependía del mar, él controlaría la calidad de lo que entraba al agua.
Era un negocio pequeño, humilde para un CEO, pero le daba una excusa para observar, preguntar y, sobre todo, para estar cerca de la gente.
También se relaciono más con los habitantes del pueblo. Contrató personas que le ayudaron a remodelar el local, los escuchaba, en cada lugar al que iba, trataba de llevarse bien con cada uno de ellos, intentaba ser agradable y conversador.
Y así los días transcurrieron con una tranquilidad tensa, una normalidad que a Dan le pareció forzada, todos eran educados y le recibían bien, y entonces como un mal sueño, todo lo ocurrido quedó atrás, y solo la sombra vigilante del faro negro permanecía inamovible, eterno.
Una tarde, Dan entró al mercado de Elías Carrell para comprar suministros básicos. Este era un hombre que alcanzaba los sesenta años de edad, tenía la piel reseca como agrietada, el cabello grisáceo, delgado y cara ancha con nariz alargada, pero no desproporcionada.
El lugar era una cápsula del tiempo, con estantes de madera crujiente y un leve olor a salitre, lo encontró anticuado pero a su vez estaba muy bien surtido con comida, frutas, verduras, carnes y pescado, artículos de aseo personal indispensables para el hogar, entre otras chucherías.
—Veo que ya tiene el contrato del local de la calle siete, Sr. Gondell —dijo Elías mientras envolvía unas manzanas en papel de estraza— Las noticias así vuelan rápido aquí.
—Tengo que mantenerme ocupado, Elías. No soy hombre de quedarme sentado mirando el mar
—Ciertamente. una mente ociosa no es saludable para el cuerpo —Elías le iba pasando las bolsas de las compras mientras sumaba en su máquina registradora— En este lugar, aunque no lo crea, siempre hay algo que hacer.
—Eso espero...
Mientras aguardaba la cuenta junto con el resto de su compra, recorrió el lugar con la vista, era de su agrado, la decoración anticuada le evocaba recuerdos, y entonces.
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horror cosmico, una carrera contra el tiempo, horror y misterio
Editado: 18.04.2026