Dan despertó con los primeros rayos del alba. Se perfilaba una jornada ardua; levantarse y ducharse fueron tareas ejecutadas con una celeridad mecánica. Se vistió con atuendos sobrios pero elegantes, acordes a la importancia del día y al sitio donde ahora residía y tenía su nuevo negocio.
El desayuno estaba listo a tiempo. Esta vez, la pareja había colaborado con eficiencia. Wendy se mostraba rebosante de entusiasmo y parloteaba con vivacidad sobre la tienda; la colección había sido confeccionada con pasmosa celeridad por las costureras locales, quienes trabajaban para ella bajo exclusividad y una remuneración generosa.
Dan la observaba con un recelo sutil. La metamorfosis de su esposa era drástica: había pasado de una repulsión palpable hacia el pueblo a un entusiasmo febril por integrarse en su tejido social. Lo constataba en las horas interminables que ella pasaba en la trastienda de su negocio, orquestando a su personal bajo la constante tutela de Clara.
—Cariño, hoy es el gran día. Inauguro mi negocio —soltó él inesperadamente tras un sorbo de café, clavando la mirada en ella—. Espero que puedas acompañarme.
—Lo sé —Wendy se puso en pie para recoger la mesa—. Será un triunfo, como todo proyecto que emprendes.
Aquella frase final le despertó recuerdos amargos y gélidos, como las noches del puerto. El trauma de la ciudad seguía a flor de piel, mezclado con la incertidumbre del error. No podía permitirse otro traspié, no allí, en ese pueblo remoto donde su nombre carecía de lustre y su pasado no era más que una hoja arrastrada por el viento hacia el olvido.
La inauguración de «Suministros Marinos Gondell» fue un evento silencioso, carente del champán y los destellos mediáticos a los que Dan estaba acostumbrado en la capital. No hubo multitudes, ni prensa, ni gerentes de corporaciones adulándolo; apenas un puñado de lugareños curiosos y los allegados de Charlie.
El local, situado en una esquina estratégica cerca del muelle, exhalaba un aroma a pintura fresca, madera de roble importada y metal galvanizado. Los artículos estaban dispuestos con precisión en estantes relucientes, ofreciendo un contraste abrumador con la decadencia comercial de los alrededores.
Dan se ajustó la camisa, sintiendo el peso del local vacío como un desafío personal.
—No esperes una cinta roja, Dan —comentó Charlie, recostado en el marco de la puerta mientras observaba los estantes repletos de GPS de última generación, sedales de polímero y boyas sonar—. Aquí la gente prefiere el tacto a la vista. Debes ganarte su confianza, no su admiración.
—Es un mercado virgen, Charlie. Estos pescadores emplean herramientas del siglo pasado —respondió Dan, revisando el inventario en su tableta—. Si optimizo su capacidad de captura en un quince por ciento, el retorno de inversión será inmediato. Es una matemática simple.
Charlie soltó una risilla ahumada y se encogió de hombros.
—La matemática de Puerto Ceniza tiene variables que tu tableta ignora. Pero bueno, éxito con la apertura. Clara y Wendy están en la tienda de ropa; parecen haber tenido una mañana agitada.
—Sí, parece que no podrán venir —respondió Dan, resoplando con resignación. Asomó el rostro por la puerta; el faro vigilaba, imponente, desde el promontorio—. Me alegro por ella, aunque su cambio de actitud es desconcertante.
—No te ves muy feliz —cuestionó Charlie—. ¿Qué te inquieta?
—No sabría precisarlo; ella parecía reacia a mi decisión —observó el faro negro, esa presencia perenne, sintiendo por primera vez una incomodidad visceral—. Ahora, sin motivo aparente, rebosa motivación.
—Ja, ja —aquella risa inundó el local—. Así son las mujeres, amigo. Un día el humor es uno y al siguiente, puff, cambia. Deberías saberlo, eres un hombre de mundo.
—Ella nunca... —Dan calló, suspirando y negando con la cabeza—. Supongo que tienes razón.
—Créeme, cuando llevas tanto tiempo casado como yo, comprendes ciertas leyes —Charlie le dio una palmada en la espalda—. Bueno, amigo, debo partir hacia San Telmo.
—¿Eres un hombre de fe ahora? —Dan lo acompañó hasta el umbral—. ¿La iglesia? No te tenía por religioso.
—Aún hay muchas cosas que ignoras sobre mí —dijo Charlie, mientras la neblina, espesa y salina, lo envolvía todo a su alrededor—. Pero sí, visito la iglesia a diario. Ayudo al padre Raymond, es un buen hombre. Deberías conocerlo algún día. Hasta pronto, Dan.
Dan lo vio alejarse, consumido por la niebla. Le sorprendió la revelación; Charlie había sido un corredor de bolsa exitoso, un hombre de números que, de la noche a la mañana, había liquidado sus activos para retirarse a ese pueblo perdido.
Pasado el mediodía, cuando la neblina cedió ante un cielo gris metálico, entró el primer grupo de pescadores. Tres hombres de manos nudosas y rostros curtidos, tallados con la aspereza de la piedra del faro. No observaron la tecnología; permanecieron en el centro, dejando charcos de agua salada sobre la madera pulida.
—¿Es usted el hombre de la ciudad? —preguntó el mayor, con una piel que exhibía un matiz amarillento y enfermizo.
—Daniel Gondell. A sus órdenes —Dan extendió la mano, pero el hombre la ignoró, manteniendo las suyas ocultas en los bolsillos de su impermeable grasiento.
—Dicen que trae equipos que escudriñan el fondo del mar —dijo el pescador, señalando un sonar—. Dicen que puede ver lo que hay abajo antes de lanzar la red.
—Exacto. La tecnología elimina la incertidumbre —explicó Dan, activando su tono comercial—. Puedo ofrecerles una demostración.
Los tres intercambiaron miradas cargadas de una lástima sombría.
—No queremos ver lo que hay abajo, Sr. Gondell —susurró el anciano, dando un paso al frente—. Abajo habitan cosas que prefieren el anonimato. No sea impaciente, aún no es el momento del arribo.
—¿Cómo dice? —preguntó Dan, confundido—. ¿Qué es lo que buscan?
—Solo venimos a entregarle el Óbolo de Bienvenida. Es una antigua costumbre para quienes abren comercio en el Estrecho.
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horror cosmico, una carrera contra el tiempo, horror y misterio
Editado: 30.04.2026