La cena transcurrió como una coreografía extraña. Wendy se movía por la cocina con una gracia nueva, casi ingrávida, mientras los cubiertos chocaban contra la loza con un sonido que a Dan le recordaba al golpeteo de las boyas metálicas en el muelle. El haz del Faro Negro ya había comenzado con su barrido rítmico y, con cada paso de la luz por la ventana, Wendy tarareaba una nota baja, la misma melodía sibilante que Clara había estado cantando todo el día en la tienda.
A Dan le resultó molesta la tonada. Pero no quería restarle importancia a la súbita alegría de su esposa. La cabeza aún retumbaba por el sonido que el faro emitía frecuentemente, o eso creía él, estaba siendo afectado poco a poco por tal motivo, su cuerpo y mente quedaban exhaustos por resistirse. Aún ahí en su hogar, seguía sintiendo aquel zumbido.
—Fue un día productivo, Cariño —dijo ella, sirviendo un vino cuya etiqueta Dan no reconoció—. Clara me enseñó que la ropa no es solo tela.
—¿Qué quieres decir con eso? —interrogó Dan.
—Es un envoltorio —Wendy explicaba mientras tomaba la silla de al lado y la ocupaba —. Las mujeres que vinieron hoy... al probarse las prendas, no buscaban verse hermosas. Buscaban recordar quiénes son. En la ciudad, esa parte de nosotras estaba enterrada. Aquí, siento que he recuperado mi equilibrio.
—¿Tu equilibrio? —preguntó Dan, pinchando la comida sin ganas. El zumbido, ahora casi inaudible para cualquiera que no fuera él, le presionaba las sienes—. Wendy, hace un mes detestabas este pueblo. Ahora pareces otra persona.
—Claro que soy otra persona, Dan. Estoy feliz. —Ella lo miró con una claridad perturbadora—. Esta noche, vamos a ir al Mirador Negro. Es tradición en Puerto Ceniza. Hay que dar las gracias por el éxito de la tienda. Es una forma de respeto.
Dan dejó el tenedor sobre el plato con un golpe seco.
—¿Dar las gracias? ¿Al faro? Wendy, es un edificio. Me parece absurdo. ¿Irá Charlie? ¿El padre Raymond? Me extraña que tú, tan exigente con tus círculos sociales, quieras ir a una reunión de pueblo.
Wendy sonrió, una sonrisa vacía que no llegó a sus ojos.
—No todo el mundo está listo para lo que sucede en el Mirador, Dan. Ni Charlie ni el padre Raymond han sido invitados. Esto no es para todos. Solo para quienes han decidido ver.
—¿Ver qué, Wendy?
—Eso es lo que vamos a descubrir hoy, cariño —siguió sonriente y jovial, como si ella fuera parte del pueblo desde hace años.
Dan sintió una opresión en el pecho. El cambio de Wendy le intrigaba y ponía nervioso, además ¿No habían sido invitados Charlie y el Padre? Si eran unas las figuras principales del pueblo, ¿por qué los dejarían fuera? La confusión se transformó en un frío visceral. Wendy no hablaba de una tradición comunitaria, hablaba de una iniciación exclusiva.
La cena terminó sin hablar más del asunto, un silencio se apoderó de la cocina, Pero Dan sentía incomodidad de estar ahí, habían muchas cosas que no entendía del pueblo. En poco más de un mes le ha tocado vivir situaciones extrañas, y ahora su paz y matrimonio se transformaron en una montaña rusa, dependiente de un caprichoso destino.
Aún así, la naturaleza curiosa e indagatoria de Dan, el hombre de ciudad, de los negocios millonarios, temido e implacable lo hizo arreglarse y salir junto con Wendy en dirección al mirador. Por petición de ella ambos iban vestidos de negro, nada formal, playera negra con una chaqueta de cuero oscuro y pantalones del mismo color, sus zapatos a diferencia de lo acostumbrado, eran deportivos, mientras su mujer llevaba puesto un conjunto de pantalón y blusa que le quedaba muy bien, definiendo su figura escultural.
El trayecto fue largo no por la distancia, sino por el silencio que reino en el habitaculo del vehículo en todo el camino, Dan no tenía nada que decir, al menos a Wendy, unos quince minutos despues encontraron el lugar y estacionaron.
El Mirador Negro era una estructura redondeada, una proa de madera de roble, vidrio espeso y metal oxidado en algunos lugares, que se proyectaba sobre el abismo como un dedo acusador en dirección al faro. Era una edificación grande que fácilmente podría albergar una treintena de personas dentro y estarían sin apretujarse, no había decoraciones, solo unos pocos tallados en las columnas y paredes desgastadas.
Al llegar, Dan sintió que el aire cambiaba. No había risas, ni el murmullo de vecinos. Había una docena de personas, quizás más, rostros que Dan reconocía vagamente de la calle, pero que ahora, bajo la luz del faro, parecían máscaras talladas en cera. Le dió náuseas, no quería estar ahí, pero debía aguantar por su esposa y para descubrir de que trataba todo eso.
Escrutó la multitud buscando a Charlie, buscando al párroco, cualquier rostro que le ofreciera un ancla a la realidad. No estaban. Esa ausencia le dolió más que la presencia de los extraños. Estaba solo entre desconocidos, unos lo miraban con recelo pues sabían que Dan no creía aún, no dejaba al mar entrar en el y fluir con el canto del horizonte. Algo más lo inquietó, en la muchedumbre vió a un grupo pequeño de personas con capas muy parecidas a las que escrutó noches atrás desde su balcón.
Se alejo de ellos y observo hacia el promontorio y el puente. El puente era una pasarela estrecha, una columna vertebral de piedra y hierro que conectaba el Mirador con el promontorio donde se erguía la torre. Dan observó cómo el grupo se mantenía estrictamente en el límite del Mirador. Nadie cruzaba el puente. Nadie pisaba la piedra del promontorio. Era como si hubiera una barrera invisible, una frontera que los asistentes, en su fanatismo, no se atrevían —o no les permitían— cruzar.
—Es el umbral —susurró Clara, apareciendo a su lado como una sombra. Su voz era un bisturí—. Algunos tienen miedo de acercarse demasiado a la fuente. Se conforman con observar desde la orilla.
Un escalofrío voraz le cruzo la espalda y lo estremeci, volteó hacia ella cuidadosamente.
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horror cosmico, una carrera contra el tiempo, horror y misterio
Editado: 30.04.2026