El Faro Negro

8. Voluntad corroida

Wendy no nació entre sedas, sino entre el olor a tierra húmeda y el vapor de una lavandería de barrio. Sus padres le enseñaron que la dignidad se cosía con esfuerzo y que cada hilo contaba. De adolescente, mientras otros soñaban con escapar, ella soñaba con construir. Trabajaba con sus padres y ahorraba todo lo que podía, tenía sueños y metas que cumplir, y todo lo hacía con una voluntad admirable, estudiaba, trabajaba, llenaba incontables hojas con diseños de vestidos, blusas, faldas, accesorios, quería ser diseñadora de modas y llegar lejos.

Esa voluntad de hierro la llevó, a los veinticuatro años, a abrir su pequeña tienda en el distrito popular del centro. Era un local estrecho, pero lleno de una luz que parecía emanar de ella misma. Y lo más importante, era suyo, de su esfuerzo y trabajo sin descanso. Ese día sin saberlo, fue el inicio de algo más grande, sus padres estaban orgullosos y ella se sentía en un sueño.

Fue allí donde Daniel Gondell irrumpió una tarde de otoño, huyendo del acoso de la prensa pues había logrado un acuerdo multimillonario, "un trato imposible" decian. Dan, acostumbrado a los lujos y a las mujeres que buscaban su apellido, quedó desarmado ante los ojos azules de Wendy y esa sonrisa que no pedía nada a cambio. Le costó semanas convencerla de salir; Wendy no aceptaba regalos, aceptaba respeto. Pero después de insistir e insistir, ella cedió. No por obligación, sino porque también había visto algo especial en aquel hombre de traje costoso, algo en sus ojos que la cautivaba, y su carácter indomable, imponente, le encantaba.

En su primera cena, fueron a uno de los restaurantes más caros de la ciudad, Dan no escatimó en nada, ebrio de éxito y amor, le prometió el mundo: «Pídeme lo que quieras, porque mi futura esposa solo tendrá lo mejor». Ella, riendo entre copas de cristal, bromeó pidiendo un local en el distrito comercial más lujoso de la capital. Semanas después, Dan le entregó las llaves. Ella no lo podía creer y se negó, Pero Dan era un hombre de palabra y estaba decidido a demostrarle que cumpliría hasta los deseos más absurdos y complejos que ella pudiera tener.

Se convirtieron en la pareja de oro. La prensa hacia todo lo posible para obtener fotografías de ambos, entrevistas y exclusivas de cualquier evento donde ellos estuvieran, y así el amor entre los dos fue creciendo, dentro del lujo y la superficialidad de la alta sociedad, era lo que los mantenía en la realidad, unidos como un solo bloque sólido.

La boda fue el evento que la capital recordó por años. No por la opulencia, sino por la mirada de Dan. En el altar, ante cientos de invitados, le tomó las manos y, rompiendo el protocolo, le susurró: «He pasado la vida construyendo edificios de cristal, pero tú eres la única estructura que me mantiene en pie». Wendy no pudo evitar conmoverse, las lágrimas brotaban de sus ojos y rodaban por sus mejillas, era el día más feliz de su vida y Dan lo hacia posible.

El banquete fue un despliegue de elegancia, pero para Wendy, el momento más real fue el baile nupcial, donde Dan le prometió que, sin importar cuánto creciera su fortuna, ella siempre tendría un lugar donde sus sueños fueran la prioridad. Cumplió su palabra en todo momento.

La pequeña tienda del centro, dónde todo comenzó siguió abierta, y Wendy a veces iba y la atendía personalmente, manteniendo sus pies en la tierra mientras su imperio crecía. Había prometido no olvidar jamás sus humildes orígenes e honrar todo lo que sus padres le enseñaron de niña. Era un recordatorio: Tú vienes de abajo, con esfuerzo y pasión, no lo olvides.

Por eso, cuando Dan cayó, Wendy a pesar de no estar de acuerdo y no querer dejar su vida y negocios, acepto, pues el amor hacia su esposo era más grande que cualquier ambición, y abandonarlo sería también traicionar todo lo que él había hecho por ella.

—No tienes que hacer esto, Wendy —le había dicho Dan mientras embalaban la última caja en su apartamento de la ciudad—. Puedo irme yo solo, estabilizarme y...

Wendy le puso una mano en la mejilla, con esa firmeza que la caracterizaba.

—Somos un equipo, Dan. Si tú te hundes, yo nado contigo. Puerto Ceniza será solo un paréntesis. Volveremos a empezar.

Pero en el pueblo, ese paréntesis empezó a llenarse de sombras. Wendy vio una realidad cruda, distinta a lo que inconscientemente se había acostumbrado, y en el fondo, no deseaba volver, la incomodidad e inconformidad se hicieron presentes, su ánimo mermo como la marea. Fue entonces cuando el hilo de su voluntad empezó a deshilacharse bajo una influencia externa.

La entrada de Clara en la vida de Wendy fue silenciosa, como la neblina que trepa por los muelles. Al principio, fueron visitas casuales a su casa, la compañía que le daba a ella le confortaba, palabras de consuelo y entender su situación, no se sintió tan sola como al llegar y, luego se volvió constante, hasta en la tienda del pueblo, llegando a trabajar de la mano con ella.

—Tienes un don, Wendy —le dijo Clara una tarde, mientras caminaban por el Centro Histórico, entre fachadas de piedra que parecían absorber la luz—. Pero tu ropa intenta ocultar a las personas bajo capas de ciudad. Puerto Ceniza no quiere disfraces.

—La elegancia es una forma de protección, Clara —respondió Wendy, con su firmeza habitual.

—¿Protección contra qué? —Clara se detuvo frente a una vieja casona abandonada—. Aquí el aire es distinto. Poco a poco, entenderás que el horizonte no es una línea, es un canto. Y tu ropa... tu ropa debe ser el eco de ese canto. Debe ayudar a estas mujeres a recordar quiénes eran antes de perderse en este mundo.

Wendy al principio no entendía esas palabras, pero suponia que eran cosas de ella, las semanas pasaron y las conversaciones se volvieron constantes. En sus paseos por la Playa del Faro, donde la arena es gris y el agua parece plomo fundido, Clara guiaba a Wendy hacia la orilla, justo donde las olas mueren con un sonido vibrante.




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