El Filo Inerte: Cuando las Runas Callaron

Capítulo 2: El Nido del León

La distancia entre el patio de armas y el Gran Salón del Consejo no se medía en pasos, sino en el tono de voz. En los cuarteles exteriores, bajo el sol que calentaba el hierro, las órdenes se gritaban desde el estómago y el metal chocaba con brusquedad. En el palacio, sin embargo, el universo se volvía silencioso. El poder en la capital no necesitaba alzar la voz; se ejercía en pasillos alfombrados, detrás de puertas cerradas y, casi siempre, en voz baja. Un susurro en el momento adecuado podía mover más tropas que el rugido de cualquier capitán.
Las puertas gemelas de roble y pan de oro se abrieron sin hacer ruido, permitiendo la entrada de Malakor. El consejero avanzaba con su habitual elegancia felina, midiendo cada paso para que el dobladillo de sus túnicas oscuras apenas rozara el suelo pulido. En sus manos sostenía un fajo de informes fiscales sobre la producción de grano en las provincias orientales, pero su mente estaba en otra parte. Malakor se enorgullecía de ser el hombre más informado de Cendra. Sabía qué duque debía dinero, qué barco mercante había entrado sin registrar y qué sirvienta hablaba de más. Su trabajo era asegurarse de que los engranajes burocráticos del reino nunca dejaran de girar, y disfrutaba de la invisible autoridad que eso le otorgaba.
Al fondo del salón, sentado en la mesa semicircular de la corte, se encontraba el Rey Regente, Lord Corin.
El Regente era la viva imagen de la fatiga institucional. Sostener las riendas de un imperio cuyo monarca legítimo estaba ausente le había pasado una factura física evidente. Tenía el rostro marcado por unas ojeras profundas y su postura reflejaba la constante presión de mantener unida a una nobleza que empezaba a impacientarse. Frente a él se acumulaban mapas, cartas selladas con cera y copas de vino a medio terminar.
—Malakor —dijo el Regente, levantando la vista con un alivio que no se molestó en sopesar—. Dime que traes buenas noticias del tesoro. O al menos, algo que no me dé otro dolor de cabeza.
El consejero se acercó a paso lento, aguardando a estar a la distancia justa antes de hacer una inclinación de cabeza.
—Los números de las provincias del este son estables, Lord Regente —respondió Malakor, dejando el fajo de pergaminos sobre la mesa—. Las cosechas han sido generosas y los diezmos han llegado a tiempo. Sin embargo, me temo que el problema no viene del este, sino del oeste. Los emisarios de los duques ya están en la ciudadela.
Corin dejó caer los hombros, soltando un bufido molesto.
—Exigen una reducción de los impuestos militares otra vez, ¿verdad?
—Así es. Argumentan que, ahora que las fronteras están tranquilas y no ha habido incursiones en dos años, mantener el impuesto de guerra es un castigo innecesario para sus tierras. Dicen que el pueblo está asfixiado.
—Lo que quieren decir es que sus propios bolsillos están asfixiados —gruñó Corin, frotándose las sienes—. Si les niego la rebaja, los duques del oeste empezarán a retrasar los envíos de hierro y madera, alegando 'problemas logísticos'. Pero si cedo a sus exigencias, tendré que recortar el presupuesto de la Gran Guarnición. El general Gareth me colgará de las almenas si le quito una sola moneda para las raciones de sus reclutas. Debemos ser cautelosos, Malakor. ¿Cuál es el maldito equilibrio aquí?
Malakor tamborileó los dedos sobre su brazo, adoptando una expresión analítica.
—El equilibrio, Mi Señor, es una ilusión que se construye. Si les negamos todo, sembramos el descontento en la corte alta. Si se lo concedemos, desprotegeremos las guarniciones del norte. Una opción intermedia sería reducir el impuesto un cinco por ciento, pero exigir a cambio que financien la reparación de los caminos reales. De ese modo, el dinero vuelve al reino de otra forma.
Corin miró el pergamino, poco convencido.
—Los duques verán la trampa de inmediato. Son terratenientes codiciosos, Malakor, no idiotas. Necesito algo que los deje satisfechos hoy, pero que no me deje sin soldados mañana.
—El equilibrio, Mi Señor, es hacerles creer que han ganado, mientras el Imperio retiene el control —dijo una voz suave, rica y melodiosa, que pareció templar el aire tenso del salón.
Vesta acababa de entrar.
Vestida con un suntuoso atuendo de seda carmesí y negra que acentuaba su porte aristocrático, Vesta avanzaba con una gracia casi hipnótica. Alrededor de sus manos y hombros, pequeñas flamas de fuego real danzaban pacíficamente en el aire, variando su intensidad con el ritmo de sus pasos. Era un despliegue de su poder como piromante que, lejos de resultar amenazante, resultaba extrañamente decorativo y fascinaba a los presentes. Sus ojos de color ámbar brillaban con una calidez que transmitía una paz inmediata, eliminando de golpe la rigidez política del lugar.
Para el Rey Regente y toda la corte, Vesta era el pilar moral del Imperio. Su devoción por el bienestar de Cendra, reflejada en sus obras de caridad en los distritos bajos, y su constante apoyo a las decisiones del consejo la convertían en la aliada más confiable y querida del reino. Nadie, ni el ciudadano más humilde que recibía su pan ni el noble más cínico que cuidaba sus tierras, habría osado dudar de sus intenciones.
—Lady Vesta —dijo el Regente, enderezándose en su asiento y transformando su gesto de frustración en una sonrisa sincera—. Vuestra presencia siempre aclara los debates más oscuros. Por favor, dime que tienes una idea, porque Malakor y yo estamos a punto de tirarnos los tinteros a la cabeza.
Vesta sonrió con dulzura, acercándose a la mesa con paso ligero. Las flamas a su alrededor disminuyeron hasta convertirse en apenas chispas flotantes. Colocó una mano sobre el hombro del Regente, un gesto de apoyo casi maternal que hizo que Corin relajara el cuello.
—He oído vuestro dilema desde el pasillo, Lord Corin —dijo Vesta con voz compasiva—. Y creo que estáis mirando el problema desde el ángulo equivocado. No tenéis por qué elegir entre el enfado de los duques o el del general Gareth.
—¿Ah, no? —Corin arqueó una ceja—. Ilumíname, por favor.
—Es simple. Concededles una exención temporal en los aranceles comerciales del puerto alto. Permitid que sus mercancías entren a la capital con un impuesto reducido durante los próximos dos años. Al mismo tiempo, mantened intactos los tributos directos destinados a la Orden de los Paladines.
Corin parpadeó, procesando la propuesta. Malakor, a su lado, enarcó una ceja, visiblemente interesado.
—Espera —dijo el Regente, mirando un mapa comercial—. Si reduzco los aranceles del puerto, las arcas reales perderán ingresos directos.
—Ingresos que recuperaréis de inmediato gracias al aumento del volumen de comercio —rebatió Vesta con paciencia—. Los duques verán aliviados sus bolsillos inmediatamente, porque mover sus productos les costará menos. Volverán a sus tierras creyendo que han doblegado la voluntad de la capital. Mientras tanto, el general Gareth no perderá ni una sola moneda para el entrenamiento y el equipo de sus hombres. Las guarniciones seguirán tan fuertes como siempre.
El Rey Regente se quedó en silencio unos segundos, asombrado por la elegancia de la solución. Miró a Malakor buscando una objeción técnica.
—Es... una maniobra brillante, milady —admitió Malakor, asintiendo despacio—. Satisface el comercio sin desarmar a la milicia. Además, calma las quejas del oeste sin que tengamos que tocar el tesoro militar.
—Solo busco aliviar vuestra pesada carga, Mi Señor —dijo Vesta, bajando la mirada con una humildad impecable—. El Imperio necesita que su Regente esté fuerte y libre de preocupaciones. No podéis desgastaros con cada exigencia de la nobleza. Dejad los detalles del decreto y las negociaciones con los emisarios en mis manos. Yo me encargaré de reunirme con ellos y asegurarme de que firmen el acuerdo sin rechistar.
Corin exhaló un suspiro de profundo agradecimiento, sintiendo cómo el peso del día se evaporaba.
—No sé qué haría este reino sin vuestra luz, Vesta —declaró el Regente, levantándose de la mesa con las piernas cansadas—. De verdad, me quitas un peso de encima. Firmaré el decreto en cuanto lo tengáis listo. Si me disculpáis, me retiraré a mis aposentos; esta mañana ha sido especialmente agotadora y necesito descansar la vista.
Vesta hizo una reverencia perfecta mientras el Regente abandonaba el salón por una puerta lateral, visiblemente más aliviado que cuando comenzó la reunión.
Cuando las pesadas puertas se cerraron tras el Rey Regente, el Gran Salón quedó sumido en un silencio total. El ambiente, antes cálido, pareció enfriarse un par de grados. Solo el sutil crepitar de las llamas flotantes de Vesta rompía la quietud, aunque ahora el fuego se movía con un ritmo diferente, más rápido y afilado.
Malakor observó a la mujer de reojo mientras recogía sus pergaminos, apilándolos con lentitud.
—Una solución muy conveniente, Lady Vesta —comentó el consejero, con una sonrisa de cortesano—. Los emisarios de los duques son hombres difíciles, acostumbrados a regatear hasta el último grano, pero con vos siempre parecen... inusualmente dóciles. Apenas tienen que escuchar vuestra voz para ceder.
—La diplomacia es el arte de susurrar las palabras correctas en el momento adecuado, querido Malakor —respondió Vesta.
Su tono seguía siendo suave, pero la calidez que había mostrado ante el Regente se disolvió por completo, dejando paso a una fría y cortante indiferencia. Se dio la vuelta hacia la mesa, y sus ojos ámbar, antes pacíficos, reflejaron una fijeza calculadora.
—Por supuesto —añadió Malakor, soltando una pequeña risa astuta, completamente ajeno a lo que se ocultaba tras los ojos de la mujer—. Al asumir el control de esas negociaciones portuarias, el flujo de recursos de la capital dependerá directamente de vuestro despacho. Es una posición muy astuta para asegurar la estabilidad interna y vigilar de cerca a los occidentales. A veces olvido que, detrás de esa fachada de santa, hay una mente política tan afilada como la mía.
—Todo lo que hago es por el futuro de Cendra —dijo Vesta, dándose la vuelta hacia el gran ventanal que dominaba la ciudad alta, dando por terminada la conversación de forma implícita.
Malakor hizo una respetuosa inclinación de cabeza, guardó el último informe bajo el brazo y se retiró del salón. Caminaba convencido de que Lady Vesta era, simplemente, una administradora excepcionalmente eficiente y leal que sabía cómo manejar a un Regente indeciso para mantener la paz del Imperio y ganar algo de influencia en el proceso. Una ambición normal en una corte normal.
Sola en la inmensidad del salón, Vesta contempló el horizonte a través del cristal. La luz del atardecer teñía los tejados de la ciudadela de un color anaranjado que imitaba a sus propias llamas.
La exención de aranceles que acababa de proponer no tenía nada que ver con pacificar a los duques, ni con ayudar al debilitado Corin. Al reducir los aranceles y el control en el puerto alto, también se reducirían los fondos para las inspecciones y las patrullas en los caminos comerciales del este. Ciertas rutas secundarias quedarían prácticamente desiertas, permitiendo que ciertos movimientos, suministros y aliados pasaran completamente desapercibidos para los ojos de la Orden de los Paladines.
El Regente acababa de entregarle las llaves de las rutas más importantes del Imperio sin siquiera darse cuenta, y encima se había ido a la cama dándole las gracias por su supuesta bondad.
Las flamas ámbar reflejadas en sus ojos brillaron con una intensidad gélida. La corte dormía en su propia complacencia, el Regente firmaba lo que ella dictaba con los ojos cerrados y nadie en todo el palacio veía el peligro que tenían enfrente.
Todo marchaba a la perfección. La paz de Cendra seguía intacta, pero los cimientos ya eran suyos.



#1188 en Fantasía
#208 en Magia

En el texto hay: fantasia, aventura epica, medieval

Editado: 13.07.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.