El primer aviso de que algo se había roto en los cimientos del mundo no llegó acompañado de un sonido estruendoso, sino de una súbita y desconcertante pérdida del equilibrio. En los límites orientales de las Tierras en Disputa, el campamento de los rebeldes, semioculto entre los desfiladeros y los cañones de roca rojiza, parecía suspendido en una calma completamente irreal. Las patrullas habían regresado temprano y los fogones apenas empezaban a humear.
Zephira estaba sentada sobre una pesada caja de suministros de madera descolorida, concentrada en una tarea mundana: afilar una pequeña daga de caza. El roce rítmico de la piedra contra el acero era el único sonido que competía con el viento seco del cañón. De repente, el instrumento se deslizó de sus manos sin previo aviso. La hoja cayó de punta, clavándose en la tierra seca a unos centímetros de sus botas.
Zephira no se agachó a recogerla de inmediato. Su mirada se quedó fija en el suelo. Los pequeños guijarros y el polvo suelto a sus pies habían empezado a danzar. No era un movimiento brusco, sino una vibración constante, un zumbido sordo que subía desde lo más profundo de las placas tectónicas, como si un gigante dormido bajo la piedra estuviera sufriendo una convulsión.
Frunció el ceño, poniéndose en alerta. Sus ojos rasgados parpadearon y, por una fracción de segundo, el esfuerzo por procesar lo que ocurría hizo que sus pupilas redondas se afilaran, transformándose en dos líneas verticales de un intenso dorado reptiliano. En el dorso de sus manos, una fina hilera de escamas de color esmeralda destelló bajo la luz del sol moribundo, respondiendo a un instinto de defensa que no recordaba haber activado.
Se puso en pie de un salto, extendiendo los brazos hacia los lados para mantener el equilibrio mientras una corriente de aire cálido y repentino agitaba su ropa de cuero. A su espalda, la presión del aire pareció curvarse por la fuerza de la energía ambiental, proyectando en la pared del cañón la sombra silueteada de unas alas traslúcidas de gran envergadura. El efecto duró apenas un pestañeo antes de desvanecerse por completo.
Zephira ignoró los temblores del suelo y levantó la vista hacia el cielo. Las nubes bajas, que hasta hacía un momento seguían el curso natural del viento hacia el sur, se habían detenido en seco. Como si una mano invisible las gobernara, comenzaron a arremolinarse en círculos perfectos sobre el desfiladero, adoptando un tinte grisáceo, pesado y artificial que no correspondía a ninguna tormenta conocida.
—Esto no es el clima —susurró Zephira para sí misma, apretando los puños.
Sintió una presión insoportable en el centro del pecho, un dolor sordo y eléctrico que le dificultaba respirar. Era la misma sensación que experimentaban los depredadores antes de un cataclismo. La tierra misma estaba conteniendo el aliento.
—Algo muy viejo... algo que no debería estar despierto, acaba de abrir los ojos —murmuró, mientras los guijarros seguían vibrando con más fuerza.
En el extremo norte del continente, el viento que barría los Glaciares Eternos solía ser una melodía predecible. Cualquiera que viviera en la tundra sabía interpretar el lenguaje de las ventiscas y el crujido constante del hielo al acomodarse. Pero esa tarde, el silencio que cayó sobre el páramo blanco fue tan absoluto que resultaba aterrador. El viento simplemente dejó de soplar.
Lumi caminaba sobre la nieve compacta, manteniendo un paso firme a pesar de la densa capa blanca que cubría el suelo. Sus abrigos de piel blanca ondeaban levemente debido a la inercia de su marcha, confundiéndola con el paisaje. Se detuvo en seco. Los pequeños fragmentos de hielo afilados que habitualmente flotaban de forma armoniosa y perezosa en torno a sus manos —una manifestación natural de su magia de escarcha ancestral— comenzaron a agitarse de manera violenta. Los cristales chocaron entre sí con chasquidos metálicos hasta hacerse añicos, cayendo como polvo brillante sobre las botas de la elfa.
Lumi contuvo el aliento. Sus largas orejas puntiagudas, capaces de escuchar el menor cambio en el entorno, captaron un crujido sordo. No era el crujido superficial de un bloque de hielo cediendo ante el peso; era una fractura masiva, una vibración de baja frecuencia que no provenía de la superficie, sino del núcleo mismo del glaciar, a kilómetros bajo sus pies.
A lo lejos, rompiendo la monotonía del desierto blanco, una escena inusual llamó su atención. Una manada de osos polares y varios lobos de la escarcha cruzaban el horizonte a toda prisa. Los depredadores corrían juntos, sin atacarse, movidos por un pánico ciego. Huían desbocados hacia las tierras bajas del sur, ignorando por completo la presencia de la elfa, a quien en condiciones normales habrían considerado una presa.
Con dedos enguantados pero firmes, Lumi sacó una pequeña brújula de latón de los pliegues de su cinturón. Al abrir la tapa, la aguja imantada no apuntaba al norte. La pequeña pieza de metal giraba descontrolada, dando vueltas erráticas sobre su propio eje, deteniéndose y volviendo a girar como si hubiera perdido la memoria del mundo o como si los polos magnéticos del continente se hubieran desalineado en un instante.
Al levantar la vista, el cielo ártico, usualmente dominado por las suaves auroras verdes del crepúsculo, comenzó a transformarse. El verde fue devorado por una extraña luminiscencia azulada y fría, una energía que parpadeaba con la regularidad artificial de un pulso moribundo.
—El frío está perdiendo su norte —murmuró Lumi, arrodillándose con lentitud para tocar el suelo congelado con la yema de sus dedos celestes. La vibración bajo el hielo era constante, un pulso rítmico que subía por sus brazos—. El continente se está rompiendo por dentro. La magia de la tierra se está desangrando.
En el sur, el Corazón del Bosque Místico no reaccionó con sismos, sino con la violencia de un ser vivo que es apuñalado por la espalda. El cambio fue instantáneo. Las copas de los árboles milenarios, cuyas ramas eran tan gruesas como casas, comenzaron a agitarse y a chocar entre sí con violencia, a pesar de que no corría una sola gota de aire en el sotobosque. El murmullo habitual de los insectos, el canto de las aves y el fluir de los arroyos se apagaron de golpe, dejando una atmósfera densa y pesada.