el fin y el inicio de los reyes

# Volumen 5 ## Arco del Dragón ### Capítulo 41: El Templo donde nacen las armas divinas

El silencio era profundo.

No había viento.
No había voces.
No había guerra.

Solo una energía antigua que parecía llenar cada rincón del lugar.

Israel abrió lentamente los ojos.

—…¿Dónde… estoy…?

Su voz sonó débil, casi como si no estuviera seguro de si realmente había hablado.

El suelo bajo su cuerpo era frío, hecho de una piedra negra con vetas doradas que brillaban suavemente. A su alrededor se levantaban **columnas gigantes**, tan altas que su parte superior desaparecía en una oscuridad iluminada por una luz dorada que parecía venir de todas partes.

Era un templo.

Pero no uno común.

En las paredes había **inscripciones antiguas**, símbolos que parecían representar **dragones, dioses y espadas naciendo del fuego divino**.

Israel se levantó lentamente.

Su cabeza dolía.

Intentó recordar.

El laboratorio…
La explosión…
El arma…

La **espada Amateratsu**.

Instintivamente llevó la mano hacia su lado.

Ahí estaba.

La espada descansaba junto a él, envuelta en una débil aura roja y dorada, como si estuviera respirando lentamente.

Israel la tomó.

En cuanto sus dedos tocaron la empuñadura, un leve calor recorrió su brazo.

—Sigues aquí…

Sus ojos bajaron.

Pero entonces recordó algo más.

Las personas.

Las personas que había prometido proteger.

Los rostros de aquellos con los que había estado luchando contra las bestias.

Israel levantó la mirada rápidamente.

—¡…!

Miró a su alrededor.

No había nadie.

Ni un solo sonido de batalla.

Ni gritos.

Ni monstruos.

Solo silencio.

Un silencio que parecía eterno.

—¿Dónde… están…?

Su corazón comenzó a latir más rápido.

Caminó unos pasos por el templo.

—¡Oigan!
¿¡Hay alguien aquí!?

Nada respondió.

Israel apretó los puños.

En su mente aparecieron las imágenes de aquellas criaturas que habían estado atacando.

Las **bestias corrompidas**.

Recordó el **tornado oscuro** que había visto formarse cuando la energía corrupta comenzó a devorar todo.

Ese recuerdo hizo que un escalofrío recorriera su espalda.

Bajó la mirada.

—Yo… dije que los protegería…

Su voz era baja.

Casi un susurro.

—Dije que… iba a protegerlos…

El peso de esas palabras cayó sobre él como una roca.

Había tomado la espada.

Había aceptado esa responsabilidad.

Y ahora…

No estaba con ellos.

—No sé dónde están…

Sus manos temblaron ligeramente.

—Ni siquiera sé… dónde estoy…

Pero entonces…

Un pensamiento apareció en su mente.

Un pensamiento que lo hizo detenerse.

…No hay bestias.

Israel levantó lentamente la cabeza.

Miró el templo.

Silencio.

Tranquilidad.

Ninguna criatura.

Ningún monstruo.

Ninguna guerra.

Su cuerpo se relajó apenas.

Y antes de que pudiera evitarlo…

Soltó un pequeño suspiro.

—…

Una parte de él…

Se sentía aliviada.

—No… tengo que pelear…

Inmediatamente después de pensar eso, frunció el ceño.

—…¿Qué estoy diciendo…?

Se llevó una mano a la cara.

—Ellos siguen allá afuera…

Pero su corazón sabía la verdad.

Israel todavía era un niño.

Y aunque había luchado…

Aunque había tomado un arma divina…

Aquellas bestias…

Le daban miedo.

Mucho miedo.

Su respiración se calmó poco a poco.

El templo seguía en silencio.

Pero entonces…

La espada en su mano **vibró ligeramente**.

—¿Hm?

Una presencia apareció en el lugar.

Pesada.

Antigua.

Poderosa.

Israel giró lentamente la cabeza.

Desde la oscuridad al fondo del templo…

Se escuchó el sonido de pasos.

Pasos lentos.

Firmes.

Como si alguien caminara con total tranquilidad en un lugar que le pertenecía.

Una voz profunda resonó en el templo.

—Curioso…

Israel se tensó.

La figura comenzó a salir de las sombras.

—Hacía siglos que este lugar no recibía visitantes.

La luz del templo iluminó finalmente al recién llegado.

Era un hombre alto.

Su cabello era oscuro, atado como el de un antiguo guerrero.

Su cuerpo estaba cubierto por una ropa tradicional de herrero, pero hecha de materiales que parecían brillar con energía divina.

Sobre su espalda descansaba un **martillo gigantesco**.

Un martillo que parecía capaz de romper montañas.

Pero lo más extraño…

Era su mirada.

Sus ojos observaban directamente la espada en las manos de Israel.

Luego sonrió levemente.

—Ya veo…

Israel dio un paso atrás.

—¿Quién… eres…?

El hombre lo observó con curiosidad.

—La pregunta correcta sería otra.

Se detuvo frente a él.

—¿Cómo llegó un niño humano…

…al templo donde nacen las **armas divinas**?

El hombre inclinó ligeramente la cabeza.

—Especialmente…

Miró la espada.

—Uno que porta **esa**.

El aire del templo se volvió más pesado.

Israel apretó la empuñadura de su espada.

—…

El hombre sonrió un poco más.

—Interesante.

Su mirada brilló.

—Muy interesante.

Luego dijo las palabras que cambiarían todo.

—Tal vez…

…el destino realmente te trajo aquí.

El herrero divino observó al niño.

—Pequeño portador de **Amateratsu**.

Y por primera vez…

Su voz mostró verdadero interés.

—Dime…

¿Sabes siquiera **qué arma estás sosteniendo**?

El templo guardó silencio.

Y así…

Comenzó el verdadero destino de Israel.




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