el fin y el inicio de los reyes

# Volumen 5 ## Arco del Dragón # Capítulo 41 — Parte 2 ### El herrero del templo divino

El silencio permaneció unos segundos después de la pregunta del hombre.

Israel apretó la empuñadura de su espada.

—¿Qué tipo de arma…?

Repitió en voz baja.

El hombre lo observaba con calma.

Sus ojos eran profundos, como si hubieran visto pasar siglos.

Israel dudó un momento antes de responder.

—Es… una espada.

El hombre soltó una pequeña risa.

No era una burla.

Era más bien una risa de sorpresa.

—Sí… técnicamente lo es.

Caminó lentamente alrededor de Israel.

El sonido de sus pasos resonaba entre las columnas del templo.

—Pero si crees que eso es solo una espada…

Se detuvo detrás de él.

—Entonces no entiendes nada de lo que llevas en las manos.

Israel tragó saliva.

Podía sentir algo extraño.

La energía del templo reaccionaba a la espada.

Pero no solo a la espada.

El herrero se detuvo otra vez frente a él.

Y entonces bajó la mirada.

No a la espada.

Sino a los brazos de Israel.

Las piezas metálicas en la parte baja de sus antebrazos brillaban débilmente.

La **armadura de incursión**.

El herrero entrecerró los ojos.

—Hmm…

Se inclinó un poco.

Observando con más atención.

—Eso es interesante…

Israel miró sus brazos.

La armadura cubría desde la muñeca hasta parte del antebrazo en **ambos brazos**.

Era una pieza metálica compacta, con pequeñas líneas grabadas que recorrían la superficie.

Esas líneas ahora brillaban con una luz roja y dorada.

La misma luz que la espada.

El herrero levantó una mano cerca de la armadura.

Sin tocarla.

Pero sintiendo su energía.

—Energía divina…

Murmuró.

—Y no es poca.

Israel parpadeó.

—¿Eh?

El hombre levantó la mirada.

—Esto no es una armadura normal.

Israel respondió sin pensar demasiado.

—La hice yo.

El herrero se quedó completamente quieto.

—…¿Qué dijiste?

Israel levantó un poco los brazos.

—La construí en un laboratorio.

—Antes de que explotara.

El herrero frunció el ceño.

Su mirada volvió a la armadura.

Esta vez con mucha más atención.

—Un humano…

Dijo lentamente.

—Construyó una armadura capaz de contener energía divina…

Las líneas de la armadura brillaron un poco más.

El herrero entrecerró los ojos.

—No…

Negó suavemente con la cabeza.

—No fue creada con energía divina.

—La absorbió.

Sus ojos se movieron hacia la espada.

—De Amateratsu.

Israel miró la espada.

—Cuando la tomé…

—La armadura empezó a brillar.

El hombre cruzó los brazos.

Ahora parecía mucho más interesado.

—Así que es eso…

Caminó unos pasos hacia atrás.

—Un humano que construyó su propio equipo…

—Y luego sincronizó su energía con una espada divina.

Sonrió levemente.

—Eso es… extremadamente raro.

Israel no sabía qué decir.

El herrero volvió a mirarlo.

Pero esta vez su mirada no era solo curiosa.

Ahora había **interés real**.

—Dime algo.

Israel levantó la mirada.

—¿Eres herrero?

Israel dudó un segundo.

—No…

Luego pensó mejor.

—Bueno…

—Un poco.

El hombre levantó una ceja.

—Un poco.

Israel se rascó la cabeza.

—Solo hice algunas cosas.

—La armadura…

—Y algunas herramientas.

El herrero soltó una pequeña risa.

—Ya veo.

Se giró ligeramente.

Mirando las enormes columnas del templo.

—El destino realmente tiene sentido del humor.

Israel lo miró confundido.

El hombre volvió a mirarlo.

—Un niño que construye su propia armadura…

—Llega al templo donde nacen las armas divinas…

—Y además porta mi espada.

Israel parpadeó.

—¿Tu espada?

El hombre apoyó una mano en el enorme martillo que llevaba en la espalda.

—Así es.

Su voz se volvió más firme.

Más pesada.

—Yo soy el herrero que forjó **Amateratsu**.

La energía del templo vibró suavemente.

Israel sintió un escalofrío.

—¿Tú… la hiciste…?

El hombre asintió.

—Hace mucho tiempo.

Sus ojos brillaron ligeramente.

—En este mismo templo.

Israel miró la espada.

La hoja brillaba un poco más.

Como si reconociera las palabras.

El herrero caminó hacia uno de los altares del templo.

—Este lugar…

Dijo mientras extendía el brazo.

—No es solo un templo.

—Es una forja divina.

Señaló el suelo.

Runas antiguas comenzaron a brillar débilmente.

—Aquí nacen las armas que pueden cambiar el destino de mundos.

Israel sintió cómo la energía del lugar presionaba su cuerpo.

Era abrumadora.

El herrero volvió a mirarlo.

—Y tú…

—Estás sosteniendo una de ellas.

Israel apretó la espada con más fuerza.

El hombre guardó silencio unos segundos.

Observándolo.

Finalmente habló otra vez.

—Dime algo, niño.

Israel levantó la mirada.

—¿Cómo te llamas?

—Israel.

El herrero repitió el nombre en voz baja.

—Israel…

Luego sonrió levemente.

—Muy bien, Israel.

Su mirada se volvió seria.

—Voy a hacerte una pregunta importante.

El aire del templo parecía haberse vuelto más pesado.

—Si vas a portar una espada divina…

—Si vas a cargar con un poder capaz de destruir mundos…

El herrero se inclinó ligeramente hacia él.

Sus ojos brillaban con intensidad.

—¿Estás dispuesto a aprender…

…cómo se forja realmente una arma divina?

Israel se quedó en silencio.

La espada vibró suavemente en su mano.

Las piezas de su armadura también brillaron.

El herrero sonrió.

—Eso pensé.

Apoyó el enorme martillo en el suelo.

El sonido resonó por todo el templo.

—Entonces escucha bien.




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