El cielo de aquella dimensión no era como el de ningún otro mundo.
Era un cielo inmenso, donde enormes nubes doradas se movían lentamente entre montañas flotantes y ríos de energía elemental. A lo lejos podían verse criaturas gigantescas volando entre los cielos: dragones ancestrales que cruzaban el horizonte como si fueran estrellas vivientes.
Pero en medio de aquel mundo de dioses… existía un lugar más silencioso.
La **herrería divina**.
Un lugar construido con piedra negra y metal celestial, donde un fuego eterno ardía dentro de un horno gigantesco. Ese fuego no era normal; tenía un brillo dorado que parecía latir como si estuviera vivo.
Israel estaba de pie frente al horno.
Su espada descansaba apoyada contra su hombro.
La espada **Amateratsu**.
El calor que emanaba de la hoja ya no era inestable como antes. Durante los últimos meses Israel había aprendido a entender mejor el arma, gracias al entrenamiento con el herrero divino.
Pero aun así… todavía sentía que el arma ocultaba algo más.
Algo mucho más grande.
Israel levantó lentamente su brazo.
Las placas metálicas de su **armadura Incursión** brillaron suavemente.
Aquella armadura cubría la parte baja de ambos brazos, desde el antebrazo hasta la muñeca. Era una armadura especial que Israel había construido en el laboratorio antes de que todo explotara.
El metal tenía grabados antiguos que parecían reaccionar a la energía divina.
La misma energía que provenía de la espada.
Israel observó el brillo de su armadura.
—Todavía no entiendo… —murmuró.
Pero en ese momento…
El viento cambió.
Un silencio extraño cubrió toda la herrería.
El fuego del horno se agitó violentamente.
El herrero levantó la mirada.
—Hmmm…
Sus ojos se estrecharon.
—Parece que finalmente llegó.
Israel frunció el ceño.
—¿Quién?
Antes de que pudiera recibir respuesta…
Una luz apareció en el cielo.
No era una luz normal.
Era una presencia.
Un sol descendiendo desde el firmamento.
La temperatura del aire subió de golpe.
El suelo vibró.
Y entonces… una figura apareció frente a la herrería.
Una mujer de cabello brillante como el amanecer.
Sus ojos tenían la profundidad de una estrella.
Y una energía divina indescriptible envolvía todo su cuerpo.
La diosa del sol.
Amaterasu
Su mirada se movió lentamente.
Primero observó la herrería.
Luego al herrero.
Y finalmente…
Sus ojos se clavaron en Israel.
O más específicamente…
En la espada que sostenía.
El ambiente se volvió pesado.
Muy pesado.
El herrero suspiró.
—Bueno… parece que finalmente lo notó.
Israel no entendía qué estaba pasando.
Pero Amaterasu comenzó a caminar lentamente hacia él.
Cada paso hacía que el aire ardiera ligeramente.
Cuando estuvo a unos pocos metros…
Habló.
Su voz era calmada.
Pero tenía una autoridad absoluta.
—Esa espada.
Israel tensó el cuerpo.
—¿Qué pasa con ella?
Los ojos de la diosa brillaron con una mezcla extraña de emociones.
—Esa espada… me pertenecía.
El silencio cayó sobre el lugar.
Israel parpadeó.
—¿Qué?
El herrero cruzó los brazos.
—Sí… era cuestión de tiempo para que lo descubrieras.
Amaterasu continuó observando la espada.
—Hace siglos… mi hermano me la entregó como regalo.
Su hermano.
El dios de las tormentas.
Susanoo
—Pero durante una guerra… el arma desapareció entre dimensiones.
Su mirada se volvió más seria.
—Y ahora… está en manos de un humano.
Israel apretó ligeramente la empuñadura.
—No soy exactamente un humano normal…
Amaterasu no respondió de inmediato.
Extendió su mano.
El fuego del sol comenzó a fluir alrededor de la espada.
Pero en el momento en que su energía tocó el arma…
La espada reaccionó.
Un brillo dorado explotó alrededor de Israel.
El arma rechazó la energía.
La diosa entrecerró los ojos.
—Ya hizo un contrato contigo.
El herrero asintió.
—Exacto.
Amaterasu bajó lentamente la mano.
—Eso significa que no puedo recuperarla.
Israel respiró con algo de alivio.
Pero ese alivio duró poco.
Porque la diosa volvió a hablar.
—Pero eso no significa que voy a dejar esa espada en manos inexpertas.
Sus ojos brillaron intensamente.
—Esa espada fue creada para cortar monstruos capaces de destruir mundos.
El fuego comenzó a elevarse alrededor de su cuerpo.
—Y tú… apenas sabes usarla.
Israel sintió la presión de su presencia.
Era abrumadora.
Pero no retrocedió.
—Entonces enséñame.
El herrero levantó una ceja.
Amaterasu lo observó por unos segundos.
Luego…
Sonrió ligeramente.
—Eso era exactamente lo que quería escuchar.
El cielo se abrió.
A lo lejos…
Explosiones gigantes sacudían el horizonte.
Una batalla estaba ocurriendo.
Amaterasu giró su cuerpo.
—Ven conmigo.
Israel frunció el ceño.
—¿A dónde?
La diosa señaló el horizonte.
Donde un grupo de bestias gigantes combatía contra dioses y dragones.
—Al campo de guerra.
El viento comenzó a girar violentamente.
—Si vas a usar mi espada…
Sus ojos brillaron como un sol.
—Primero tendrás que sobrevivir a este mundo.
Israel tomó su espada.
Las llamas de Amateratsu recorrieron la hoja.
Y por primera vez…
Sintió el verdadero peso del arma que llevaba.
El entrenamiento verdadero…
Acababa de comenzar.
#2137 en Fantasía
#345 en Ciencia ficción
en esta obra hay tragedias y amistad, en esta historia se tocaran varios temas, en esta historia hay amor y odio
Editado: 07.06.2026