El rugido de las bestias cubrió el cielo.
Decenas de criaturas descendían desde las grietas abiertas en el espacio, cada una más grande y más monstruosa que la anterior. Sus cuerpos deformados por la corrupción brillaban con una energía oscura que contrastaba violentamente con el fuego dorado del entorno.
Israel apretó su espada.
El fuego del sol recorrió la hoja con una estabilidad que antes no tenía.
Su respiración era tranquila.
Su postura firme.
Habían pasado meses.
Y ahora…
Estaba listo para enfrentarlas.
—Vamos…
Dio un paso al frente.
El aire se tensó.
Las bestias se lanzaron al mismo tiempo.
El cielo se rompió.
Y justo cuando Israel estaba a punto de moverse…
Todo se detuvo.
El sonido desapareció.
El viento dejó de soplar.
Las llamas se congelaron en el aire.
El tiempo…
Parecía haberse detenido.
Israel abrió los ojos con sorpresa.
—¿Qué…?
Las bestias estaban inmóviles.
Como si algo las hubiera detenido completamente.
Incluso Amaterasu levantó la mirada.
Su expresión cambió ligeramente.
No era sorpresa.
Era reconocimiento.
Una presencia apareció.
Pesada.
Antigua.
Inmensa.
El cielo se oscureció.
Pero no por nubes.
Por algo mucho más grande.
Una sombra cubrió todo el campo.
Israel levantó lentamente la mirada.
Y lo vio.
Un dragón.
Pero no uno cualquiera.
Era gigantesco.
Tan grande que parecía cubrir el cielo entero.
Sus escamas brillaban con múltiples colores, como si todos los elementos existieran en su cuerpo al mismo tiempo.
Fuego.
Rayo.
Viento.
Agua.
Tierra.
Todos giraban lentamente alrededor de él.
Sus ojos se abrieron.
Y miraron directamente a Israel.
La presión fue inmediata.
El cuerpo de Israel tembló.
No por miedo.
Sino por pura diferencia de poder.
Amaterasu habló.
Con respeto.
—Así que decidiste aparecer.
El dragón descendió lentamente.
Cada movimiento hacía vibrar la realidad.
Su voz no fue un sonido.
Fue algo que se sintió directamente en el alma.
—Hace tiempo que observo.
Israel no podía apartar la mirada.
—¿Quién… eres…?
El dragón lo miró fijamente.
—Mi nombre es…
El aire se comprimió.
—Pirus.
El nombre resonó como un trueno.
Un dragón ancestral.
Uno de los seres más antiguos de esa dimensión.
Pirus bajó su cabeza ligeramente.
Observando a Israel más de cerca.
—Un humano.
—Con una espada divina.
—Y múltiples almas.
Fleta y Lisetta se manifestaron brevemente.
Ambas también sintieron la presión.
Lisetta sonrió levemente.
—Interesante.
Fleta permanecía en silencio.
Pirus volvió a hablar.
—Y aun así…
—Sigues siendo débil.
Israel apretó los dientes.
Pero no respondió.
Amaterasu dio un paso adelante.
—Está en entrenamiento.
Pirus giró su mirada hacia ella.
—Lo sé.
Silencio.
Luego continuó.
—Pero tu entrenamiento no es suficiente.
El ambiente se volvió más pesado.
—Si continúa así…
—Morirá.
Israel frunció el ceño.
—Oye—
Amaterasu levantó una mano.
Deteniéndolo.
Ella no parecía ofendida.
Solo pensativa.
—¿Entonces?
Pirus desplegó ligeramente sus alas.
La energía de todos los elementos se agitó.
—Yo lo entrenaré.
El silencio cayó.
Israel parpadeó.
—¿Qué?
Amaterasu lo observó.
Luego volvió su mirada hacia el dragón.
—¿Por qué?
Pirus no respondió de inmediato.
Sus ojos seguían sobre Israel.
—Porque lo necesitará.
Su voz se volvió más profunda.
—La guerra que se acerca…
El cielo tembló.
—No puede ser enfrentada solo con fuego.
Israel sintió un escalofrío.
—¿Te refieres al Dios Absoluto Corrompido?
Pirus no respondió directamente.
Pero el silencio fue suficiente.
Amaterasu cerró los ojos un momento.
Pensando.
Luego habló.
—Aún no ha terminado su entrenamiento conmigo.
Pirus respondió.
—Ya aprendió lo básico.
El dragón dio un paso adelante.
La presión aumentó.
—Ahora necesita sobrevivir.
Israel levantó su espada.
—Puedo hacerlo.
Pirus lo miró.
—No.
En un instante…
Desapareció.
Y apareció frente a él.
Israel ni siquiera pudo reaccionar.
Una garra gigantesca se detuvo a centímetros de su rostro.
El aire explotó detrás de él.
El suelo fue destruido.
Israel no se movió.
No pudo.
—Esto…
—Es lo que enfrentarás.
El dragón retiró su garra.
Amaterasu observaba en silencio.
Finalmente…
Suspiró.
—Está bien.
Israel giró la cabeza.
—¿Qué?
La diosa lo miró.
—Su entrenamiento contigo ha terminado.
El fuego alrededor de ella se calmó.
—Por ahora.
Israel bajó ligeramente su espada.
—Pero…
Amaterasu se acercó.
Colocó una mano sobre su hombro.
Su energía era cálida.
—Has aprendido lo suficiente para no morir inmediatamente.
Una leve sonrisa apareció en su rostro.
—El resto… lo aprenderás con él.
Pirus giró su cuerpo.
—Nos vamos.
El cielo se abrió.
Una grieta gigantesca apareció.
Un lugar desconocido.
Lleno de tormentas elementales.
Israel miró hacia atrás.
Amaterasu ya se estaba alejando.
—No mueras.
Dijo con calma.
Israel respiró profundo.
—Lo intentaré.
Pirus habló una última vez.
—No lo intentes.
Sus ojos brillaron.
—Sobrevive.
El viento explotó.
La grieta los absorbió.
Y en un instante…
Desaparecieron.
#2137 en Fantasía
#345 en Ciencia ficción
en esta obra hay tragedias y amistad, en esta historia se tocaran varios temas, en esta historia hay amor y odio
Editado: 07.06.2026