el fin y el inicio de los reyes

Volumen 6 — Arco 6: Mundo de las Almas Capítulo 59 — El Peso de Elegir

El cambio no fue brusco. No hubo un momento exacto en el que Tristan dejara de ser quien era antes. No hubo una ruptura clara, ni un punto de quiebre que pudiera señalarse y decir: “aquí comenzó”. Fue algo más sutil. Más peligroso.

Fue… progresivo.

Tristan caminaba entre la neblina con pasos firmes. Ya no arrastraba los pies. Ya no dudaba en cada movimiento. Su respiración era constante, profunda, controlada. No porque estuviera tranquilo… sino porque había aprendido a no permitirse perder el control.

Las almas aparecían.

Y desaparecían.

Pero ya no era un caos.

Era un proceso.

Tristan se detenía frente a cada una, observándola apenas unos segundos. No necesitaba más. Ya no.

Una distorsionada. Ruido constante. Fragmentos inestables.
—Se envía.

El hilo se movía, la envolvía, el círculo aparecía, y el alma desaparecía sin resistencia real.

Otra. Más agresiva. Más densa.
—Se reduce.

La guadaña se movía. Golpes precisos. Explosiones controladas. Fragmentación. Luego envío.

Otra.

Más pesada.

Más… estable.

Tristan la miró un segundo más.

—Se deja.

Y siguió caminando.

No hubo culpa.

No hubo duda.

Solo decisión.

El silencio dentro de su mente era casi completo ahora.

Las voces ya no lo interrumpían constantemente. Solo ecos lejanos, débiles, irrelevantes. Había logrado lo que necesitaba.

Orden.

Pero el precio…

aún no lo comprendía del todo.

Se detuvo.

Algo no encajaba.

No en el mundo.

En él.

Miró su mano.

—…

La apretó.

—No siento nada.

No dolor.

No miedo.

No siquiera molestia.

Solo… claridad.

Y eso no era normal.

Recordó.

Apenas.

El miedo que sintió al inicio. El caos. El dolor de las voces. La desesperación.

Ahora…

todo eso parecía lejano.

Irrelevante.

—…

Tristan bajó la mirada.

—Esto no está bien.

Pero no se detuvo.

Una nueva presencia apareció frente a él.

Un alma.

Pero no como las anteriores.

Esta… temblaba.

No de agresión.

De miedo.

Tristan se acercó.

El alma retrocedió.

—…

Tristan inclinó ligeramente la cabeza.

—No eres peligrosa.

El alma no respondió, pero su reacción fue clara. Intentaba alejarse.

Tristan extendió el hilo.

No para atacar.

Para sostener.

El alma se resistió.

—…

Tristan la observó.

Más tiempo del habitual.

—Puedes irte.

Formó el círculo.

Estable.

Preciso.

—No tienes que quedarte aquí.

Empujó suavemente el alma.

Pero no cruzó.

Se resistió más fuerte.

Tristan frunció el ceño.

—¿Por qué…?

El alma vibró.

Y por un segundo…

Tristan sintió algo.

No una voz.

Una emoción.

Miedo.

Profundo.

Paralizante.

Tristan se quedó en silencio.

—…

—No quieres desaparecer.

La idea se formó sola.

Y con ella…

una comprensión incómoda.

No todas las almas querían ser enviadas.

Algunas…

preferían quedarse.

Aunque doliera.

Aunque estuvieran rotas.

Tristan apretó ligeramente el hilo.

—…

—Entonces…

Sus ojos se endurecieron un poco.

—No es tu decisión.

El círculo se estabilizó.

Más fuerte.

Más denso.

—Este lugar no es para quedarse.

Empujó con más fuerza.

El alma resistió.

Más.

Más.

Tristan respiró profundo.

—No voy a dejar que te quedes así.

Por un instante…

dudó.

Muy poco.

Pero suficiente.

El alma vibró con más intensidad.

Y en ese instante…

Tristan tomó la decisión.

Liberó una pequeña cantidad de energía.

La suficiente.

Para romper su resistencia.

El alma se fragmentó ligeramente.

Y entonces…

La envió.

Desapareció.

Silencio.

Tristan bajó la mano lentamente.

—…

—…

No dijo nada.

Pero algo dentro de él…

se movió.

No dolor.

No culpa.

Algo más incómodo.

—…

—Forcé eso.

Se quedó quieto unos segundos.

—No quería irse.

Silencio.

—Pero era lo correcto.

La frase salió firme.

Demasiado firme.

Tristan cerró los ojos.

—Era lo correcto.

La repitió.

Como si necesitara convencerse.

Cuando los abrió…

ya había cambiado otra vez.

No mucho.

Pero lo suficiente.

Caminó.

Más decidido.

Más eficiente.

Menos… humano.

Las almas siguieron apareciendo.

Pero ahora…

el proceso era más rápido.

Más frío.

Más exacto.

Enviar.

Reducir.

Ignorar.

Sin pausa.

Sin reflexión.

Y en algún punto…

Tristan dejó de pensar en “si debía hacerlo”.

Solo lo hacía.

El hilo se movía con precisión perfecta.

La guadaña ya no era solo un arma.

Era una herramienta de ejecución.

Y él…

el que decidía.

Se detuvo.

No porque quisiera.

Porque algo lo obligó.

La neblina se abrió otra vez.

La misma sensación.

La misma presencia.

Más cercana.




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