El Final que Merecían Renacer del Fénix (princess Agents)

Capítulo III – La Batalla por la Capital

La alianza estaba sellada.

Chu Qiao había logrado lo que muchos creían imposible: restaurar la confianza de Yan Xun sin dejarse arrastrar por su oscuridad. Con el corazón abierto y la verdad revelada, había rescatado al guerrero que una vez luchó por libertad y justicia, devolviéndole el rumbo perdido en medio del rencor.

El fuego estaba encendido. Ahora solo quedaba alimentar la llama hasta que consumiera las raíces de la tiranía.

La planificación comenzó de inmediato. Yan Xun, con su imponente ejército rebelde, puso a disposición de la causa sus hombres, armas y recursos. Sus tropas eran las más numerosas, curtidas en años de lucha y alimentadas por la promesa de un nuevo orden. Pero esa misma fuerza podía ser un riesgo: la pasión de sus soldados, inflamada por la venganza, debía ser guiada con sabiduría.

Yuwen Yue, por su parte, aportó precisión y estrategia. Donde Yan Xun era tempestad, Yuwen Yue era filo. Sus soldados, entrenados en disciplina y en guerra de posiciones, serían fundamentales para penetrar las defensas de la capital y evitar un baño innecesario de sangre. Fue él quien identificó las fallas en el sistema de vigilancia imperial, y quien propuso atacar en tres frentes simultáneos para desestabilizar al enemigo.

Chu Qiao escuchaba a ambos. No era una simple comandante. No era una reina aún. Pero hablaba con la voz del pueblo y la autoridad de quien llevaba la marca del fénix. Su misión no era solo tomar la ciudad. Era ofrecer un nuevo futuro.

—El poder no debe nacer del miedo —dijo una noche, mientras reunía a los capitanes—. El poder verdadero viene del ejemplo. Si destruimos esta ciudad para reconstruirla, no habremos ganado. Nuestra victoria será el inicio de un reino guiado por justicia, compasión… y sabiduría.

Sus palabras no fueron seguidas por vítores, sino por un respetuoso silencio. Uno que pesaba más que cualquier aplauso.

La víspera del ataque, el campamento rebelde respiraba tensión. Las armaduras eran revisadas, las lanzas alineadas, las antorchas contadas. La luna llena observaba desde lo alto, testigo silenciosa de un ejército que se preparaba a cambiar la historia. Algunos escribían cartas. Otros oraban. Otros simplemente miraban al cielo.

Chu Qiao no dormía. Caminaba entre los soldados, hablando con cada grupo, dándoles palabras de aliento, agradeciendo su valor. No eran solo números. Eran hijos, padres, hermanas… personas que habían apostado su vida a una causa que solo ahora empezaba a tomar forma.

En su corazón, llevaba el peso de todos. Sabía que muchos no volverían.

Yuwen Yue la encontró justo antes del amanecer. Su mirada serena contrastaba con el brillo tenso de su espada recién afilada.

—Todo está listo —le dijo—. Cuando quieras, daremos la orden.

Ella asintió, respiró hondo… y entonces, alzó la mano hacia el horizonte.

—Que el fénix renazca —murmuró.

La batalla por la capital comenzó antes de que el sol asomara su rostro entre las montañas.

Desde el sur, el ejército de Yan Xun cayó sobre las puertas con la fuerza de un vendaval. Las catapultas improvisadas arrojaban rocas y fuego, mientras sus soldados avanzaban como un mar oscuro, golpeando con furia las defensas imperiales. El rugido de los cuernos de guerra sacudió la ciudad.

La respuesta fue inmediata. El ejército imperial, sorprendido por el ataque coordinado, desplegó sus tropas en desorden. Sus generales, confiados en la fortaleza de las murallas, no esperaban una ofensiva tan bien planeada.

Desde el este, Yuwen Yue aprovechó la distracción para flanquear las posiciones enemigas. En silencio, como fantasmas, sus unidades tomaron las torres de vigilancia y anularon a los vigías. Luego, guiados por señales de humo y luz, desataron un asalto quirúrgico que sembró confusión y miedo.

La ciudad comenzó a temblar.

En medio del caos, el pueblo despertó. Los más ancianos recordaban los días del Reino Mu, cuando la justicia era ley y no arma. Los más jóvenes habían crecido bajo la opresión. Al ver las banderas rebeldes ondear por los tejados, muchos comprendieron que el momento había llegado.

Algunos abrieron las puertas de sus casas a los rebeldes. Otros tomaron cuchillos de cocina o herramientas de labranza y se unieron al combate. Las mujeres organizaban barricadas. Los niños llevaban agua y vendajes a los heridos. La ciudad entera se convertía en un campo de lucha… y esperanza.

Por el oeste, Chu Qiao lideraba el escuadrón de élite. Entraron por los antiguos túneles subterráneos, guiados por mapas rescatados de los archivos del anciano que la salvó en la cueva. Pasaron bajo fuentes, patios, templos… hasta emerger en el corazón del palacio.

Allí, los esperaba la guardia imperial: la mejor entrenada, la más leal. Y la más peligrosa.

La batalla en los pasillos dorados del palacio fue feroz. Cada rincón se tiñó de sangre. Las estatuas de jade y las sedas imperiales ardían junto a los cuerpos. Chu Qiao luchaba como si el fuego del fénix saliera de sus manos. Cada golpe, cada paso, era una declaración: “Aquí estoy. He vuelto”.

Yuwen Yue, tras vencer al comandante enemigo, se unió a ella en los corredores. A su derecha, Yan Xun irrumpía desde los patios, espada en alto, con los ojos encendidos por la resolución.



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En el texto hay: fanfiction, drama historico, final alternativo

Editado: 24.03.2026

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