Mientras hacía memoria
el agua se calentaba.
No era el mar abierto,
era ese fondo espeso
donde todo arde sin llamas,
un infierno húmedo
que no quema la piel
pero calcina el recuerdo.
Cada vez que miré atrás
algo se hundió un poco más.
La memoria no siempre salva,
a veces arrastra
como corriente traicionera
que promete sostener
y termina llevándote al fondo.
Pocos infiernos se parecen tanto al mar:
hermosos desde lejos,
implacables cuando decides quedarte.
Allí abajo,
recordar es respirar sal
y aprender a hacerlo lento.
Y aun así, sigo bajando.
No por nostalgia,
sino porque olvidar
también tiene su propio abismo.
Quizá escribir sea esto:
meter las manos en el agua hirviendo
y aceptar
que me-moría
mientras hacía memoria.