El fruto prohibido del Edén

Prólogo: Un paso atrás.

La estrecha vereda le impedía pasar desapercibido. Apenas podía abrirse paso entre los compradores rezagados. Se lo notaba perdido, pálido y con una expresión sombría, que algunos evitaban mirar por mucho tiempo.

Vestía un short a cuadros y una remera azul a rayas, prendas sin acomodar y totalmente arrugadas, que no combinaban para nada entre sí. Lo que más resaltaba era el rastro de crema dental sin limpiar en la comisura de su labio.

Se detuvo frente al cristal de una tienda al verse reflejado en ella.

¿Cómo tuvo el valor de golpear a su mejor amigo? ¿Aún puede llamarlo así?

Apretó los puños con fuerza. «Shin...» Levantó las manos observando las heridas que aún permanecían en sus nudillos. Volvió a mirarse en el reflejo y por un instante creyó ver a Shin detrás suyo, lo que provocó que retrocediera un paso.

Se fue de allí como un animal herido.

Más adelante, dos niños bloquearon su camino al estar inmersos entre risas y juegos. Él se detuvo en seco. Los infantes lo notaron y se fueron aprisa tras disculparse.

En cambio, Saint permaneció inmóvil hasta que las pequeñas figuras se fusionaron con la multitud.

¿Qué palabras debía usar para disculparse? Imaginó distintos escenarios. Ninguno lo favorecía. Frunció el ceño. Su cabello liso acabó hecho un desastre al descargar su frustración.

El hospital estaba repleto de personas. Él temía encontrarse con la madre de Shin, una mujer que al verlo seguramente le habría cortado el paso. No la culparía, es más, aceptaría el castigo que creía merecer si ella deseaba darle uno.

El ritmo de sus pasos cesó una vez que llegó al pasillo que lo llevaría hacia la habitación de Shin. Inhaló profundamente y exhaló. «Si fuiste capaz de romperle la pierna, puedes con esto...»

Luego se encontró de pie frente al único obstáculo que le impedía cruzar ese límite entre Shin y él. Una puerta blanca con una simple ventanilla.

Nuevamente las dudas surgían una tras otra. ¿Con qué derecho fue a verlo? ¿Qué explicación podía dar? ¿Decirle “fui un tonto, perdóname” bastaría? Tenía tanto por decir desde esa noche y solo persistía un: no te vayas.

Al llegar el momento de abrir aquella puerta, titubeó. Colocó la mano sobre el picaporte y la apretó con tanta fuerza que las yemas de sus dedos palidecieron.

Alzó la vista y lo primero que resaltó fue el yeso que cubría la pierna fracturada de Shin. Apretó la mandíbula. Respirar se convirtió en una obligación. Sus ojos se cristalizaron al atrapar los iris color miel al otro lado del vidrio. Su pecho dolía, un dolor que ascendió hasta su garganta.

«No. No puedo».

Shin, ajeno a los pensamientos de Saint, repetía en su mente tres únicas palabras: no te vayas. Ambas miradas se cruzaron. Shin deslizó entre sus dedos las sábanas blancas que luego usó como su único sostén. Los segundos se hacían eternos, el reloj de pared, en cambio, continuaba con su ruidoso tic-tac.

La puerta nunca se abrió.

Saint abandonó el picaporte antes de siquiera girarlo.

«Soy un cobarde». Salió huyendo, dejando visibles unos hombros caídos que se alejaban cada vez más.

Shin trató de levantarse, pero era inútil. La decisión que Saint tomó no la olvidaría jamás. Destruyó todo a su alcance, llamando así la atención de las enfermeras que no entendían. Nunca entenderían lo que acababa de perder y no porque él quisiera. Lo único que podía hacer era llorar en silencio, esperando hasta el último minuto por alguien que no regresaría.

El sonido de pasos presurosos se oía por los rincones de cada pasillo del hospital, obligando a las personas curiosas a voltear y descubrir el origen de aquello que perturbaba su paz.

Saint llegó a la salida con el corazón latiendo a borbotones, como si hubiera culminado una maratón. Un horrible dolor se asentó en la boca de su estómago, junto a la sensación de haber dejado algo muy importante.

«Lo siento, Shin».

La lluvia afuera del hospital comenzó a caer con más insistencia, dejando sin opción a quienes estaban al descubierto bajo el cielo.

Aunque Saint sintió el frío recorrer su piel hasta los huesos, permaneció en las calles. Así, al menos, las insistentes voces en su interior eran opacadas por la estrepitosa tormenta.

Poco a poco se alejaba de la ciudad. La noche caía como un manto suave dejado para arropar a la población. Aprovechó que en la zona reinaba un silencio absoluto para soltar todas esas lágrimas que estuvo reteniendo.

Tardó en recuperar la compostura, aunque no por completo. Debía volver a su casa, su padre lo estaba esperando y la cena fría seguramente estaría en el mismo lugar de siempre.

Llegó al cruce peatonal, no había rastro alguno de automóviles, era como si el mundo se hubiera detenido allí con él. A pesar de que las luces del semáforo cambiaban con total normalidad, Saint seguía de pie sin intenciones de cruzar.

Hasta que las luces intermitentes de un auto lo obligaron a mirar en esa dirección. Él no se movió. Solo pudo cubrir su rostro con las manos antes de recibir el impacto.

Bastó un segundo para darle paso a un trágico accidente.

El responsable fue un conductor ebrio al volante, que tras el suceso escapó dejando a Saint muy malherido.

Se arrastró en su propia sangre tratando de levantarse. Sus heridas eran tan graves que se desplomó en el suelo sin fuerzas para mover un solo dedo. Cerró los ojos y por un momento vio a Shin a su lado, que lo invitaba a ponerse de pie.

«Tengo que regresar y decirle que, aunque me odie, quiero estar a su lado».

—Ayuda...

Ante tal súplica desesperada, no fue una deidad sino todo lo opuesto quien se apiadó de él. Ese extraño ser se acercó con una sola pregunta en compañía de una advertencia.

¿Qué otra opción tenía en ese instante?

Una segunda oportunidad sin vuelta atrás.




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