El fruto prohibido del Edén

Prólogo: Un paso atrás.

La estrecha vereda le impedía pasar desapercibido. Por desgracia, el sudor le recorría la sien debido al calor abrumador y a su insistente lucha por abrirse paso entre los compradores rezagados.

Si el clima de aquella tarde fuera más compasivo con Saint. ¿Pero alguien podría sentir compasión por él después de lo que hizo?

Escondió las manos en los bolsillos, aferrándose al pedazo de tela entre sus dedos.

Sostenía la certeza de que varias miradas estaban puestas sobre él, o quizás sobre el desorden andante en el que se había convertido.

Vestía un short a cuadros y una remera azul a rayas, prendas sin acomodar y totalmente arrugadas, que no combinaban para nada entre sí. Lo que más resaltaba era el rastro de crema dental sin limpiar en la comisura de su labio.

Sus piernas se detuvieron en seco frente al cristal de una tienda al verse reflejado en ella. Se lo notaba perdido, pálido y con una expresión sombría.

Alzó la mano tratando de comprenderse a sí mismo al pasar los dedos por el vidrio. Podía sentir la frialdad de la superficie. Esa frialdad que –ahora entendía– había acompañado a la persona que más quería el día anterior.

Apretó los puños con fuerza. «Shin...» Levantó las manos observando las heridas que aún permanecían en sus nudillos. Volvió a mirarse en el reflejo y por un instante creyó ver a Shin detrás suyo, lo que provocó que retrocediera un paso.

Se fue de allí como un animal herido.

Sí.

Era un animal. Una bestia que destruyó algo valioso sin pestañear.

Y como si fuera un chiste para los dioses, cada paso lo llevaba a ver personas sumergidas en su propia felicidad.

Incluso, dos niños bloquearon su camino al estar inmersos en su juego. Él se detuvo; los infantes lo notaron y se apartaron con prisa tras disculparse. Saint, en cambio, permaneció inmóvil hasta que las pequeñas figuras se fusionaron con la multitud.

¿Qué palabras debía usar para disculparse? Existían tantas formas. Ninguna lo favorecía.

Frunció el ceño. Su cabello liso acabó hecho un desastre tras revolverlo con desesperación. Los mechones cayeron sobre su frente con rebeldía, cubriendo sus ojos.

El hospital estaba repleto de personas que salían y entraban. Saint temía encontrarse con la madre de Shin. Una mujer que, al verlo, seguramente le habría cortado el paso con una bofetada y gritos.

No la culparía. Es más, aceptaría el castigo que creía merecer.

Porque Shin no solo era valioso para Saint, sino también para ella.

Una vez que Saint llegó al pasillo que lo guiaría hacia la habitación de Shin, aminoró el paso, buscando tranquilizar sus nervios. Esos nervios que se le clavaban en la piel hasta llegar a sus entrañas.

«Ya estoy aquí... no puedo retroceder, ¿o sí?».

Avanzar es tan simple cuando no hay nada a lo que enfrentarse.

Un paso tras otro, así de sencillo.

Pero ¿cómo puede uno seguir adelante si hay un obstáculo?

Un obstáculo que no se animan a enfrentar.

Sus pasos lo llevaron a encontrarse de pie frente a lo único que le impedía cruzar ese límite entre Shin y él. Una puerta blanca con una simple ventanilla.

Nuevamente las dudas surgían una tras otra. ¿Con qué derecho fue a verlo? ¿Qué explicación podría dar? ¿Decirle “fui un tonto, perdóname” bastaría? Tenía tanto por decir desde esa noche y solo persistía un: no te vayas.

Al llegar el momento de abrir aquella puerta, titubeó.

Colocó la mano sobre el picaporte y la apretó con tanta fuerza que las yemas de sus dedos palidecieron.

Levantó la vista y lo primero que resaltó fue el yeso que cubría la pierna fracturada de Shin.

¿Puede un pájaro volar si tiene un ala rota?

Su mandíbula se tensó.

No, no puede.

Sus ojos se cristalizaron al atrapar los iris color miel al otro lado del vidrio. Desconocía esa mirada en el rostro de su mejor amigo, no la entendía. Y no quería comprenderlo.

«Me odias, ¿verdad?».

Su pecho dolía, un dolor que ascendió hasta su garganta.

«¿Que estoy haciendo?».

Duele.

El dolor los perseguía a ambos, por más que Shin fuera la víctima, los dos sufrían las consecuencias.

Shin, ajeno a los pensamientos de Saint, repetía en su mente tres únicas palabras: no te vayas.

Ambas miradas se cruzaron. Shin deslizó entre sus dedos las sábanas blancas que luego usó como su único sostén.

Los segundos se hacían eternos. El reloj de pared, en cambio, continuaba con su ruidoso tic-tac.

Tic-tac.

Tic-tac.

Tic-tac.

La puerta nunca se abrió.

Saint abandonó el picaporte antes de siquiera girarlo.

«Soy un cobarde». Salió huyendo, dejando visibles unos hombros caídos que se alejaban cada vez más.

Shin trató de levantarse, pero era inútil. Arrojó todo a su alcance, llamando así la atención de las enfermeras que no entendían. ¿Cómo podrían entender? No, no lo harían. Lo único que Shin podía hacer era llorar en silencio, esperando hasta el último minuto por alguien que ya no regresaría.

El sonido de pasos presurosos se oía por los rincones de cada pasillo del hospital, obligando a las personas curiosas a voltear y descubrir el origen de aquello que perturbaba su paz.

Saint llegó a la salida con el corazón latiendo a borbotones, como si hubiera culminado una maratón. Un horrible dolor se asentó en la boca de su estómago, junto a la sensación de haber dejado algo muy importante.

«Lo siento, Shin».

La lluvia afuera del hospital comenzó a caer con más insistencia, dejando sin opción a quienes estaban al descubierto bajo el cielo grisáceo.

Aunque Saint sintió el frío recorrer su piel hasta los huesos, permaneció en las calles. Así las insistentes voces en su interior serían opacadas por la estrepitosa tormenta.




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