El fruto prohibido del Edén

Capítulo 1: Nostalgia.

Saint

Los lunes solían ser más pesados que otros días, sobre todo hoy que iniciaba un nuevo ciclo lectivo. Algunos niños de primaria pasaban por su lado restregándose los ojos para quitarse el sueño de encima. Saint podía imaginar la pregunta que rondaba en sus pequeñas mentes: ¿Por qué despertarse tan temprano? Él mismo se lo había preguntado muchas veces durante su infancia.

El ruido de los motores en la calle lograba despertar a uno que otro transeúnte somnoliento. Solo él se mantenía atento al bullicio. Como si fuera melodía para sus oídos.

Sus piernas, en cambio, sumidas en la impaciencia se turnaban para soportar el peso de su cuerpo. Estar recargado sobre una pared desde el alba podía volver loco a cualquiera. Cada minuto transcurrido aumentaba el movimiento incesante de su pie izquierdo.

Incluso con todo el bullicio que lo rodeaba, nada lograba opacar la tranquilidad que invadía su mente, dándole paso libre a memorias que aparecían para torturarlo.

Hasta que, por fin, la voz suave de una mujer lo trajo de vuelta a la realidad.

Saint se apresuró a levantar las bolsas que debía entregar, aunque antes de retirarse la dueña del local se aseguró de que cada comida estuviera bien empaquetada. Ella le hizo un gesto con el mentón, dándole luz verde para irse. Eran las once de la mañana y, aun así, se podía sentir la humedad en el aire.

Esa opresión en el ambiente le resultaba... inquietante.

Saint revisó nuevamente las direcciones. Para su suerte, la mayoría debía entregarse en un mismo complejo residencial. Gracias al clima nublado de hoy, tenía la libertad de estacionarse en las veredas, en vez de perder el tiempo buscando la sombra de los árboles. Muchas de las entregas las dejaba al pie de las puertas de los clientes. Aquello le resultaba más cómodo que enfrentarse cara a cara con las personas.

Sin embargo, el último pedido estaba destinado a alguien a quien no esperaba ver ese día.

—Kayro. —Saint extendió el paquete que en su interior contenía fideos picantes con pequeños trozos de pollo—. Tiempo récord. Esta vez desapareciste solo una semana.

—¿Así saludas a tus mayores?

Kayro retrocedió unos centímetros permitiéndole a Saint ingresar al interior del departamento, pero antes de cerrar la puerta se aseguró de que nadie lo hubiera seguido. Ambos fueron hasta un pequeño comedor poco iluminado.

Era fácil comprender por qué el ambiente lucía lúgubre, después de todo los Kyros detestan la luz solar.

A pesar de que el aire acondicionado estuviera encendido, Saint se detuvo en seco tras detectar una fragancia particular en el aire, un aroma que no partencia a Kayro. «Se fue hace poco». Saint levantó una de las sillas colocadas sobre la mesa para tomar asiento.

—Si ya comiste, ¿por qué pediste algo más?

—Tienes razón. Pedir comida humana es una tontería. —Agarró un pedazo de carne con las manos y se lo llevó a la boca.

—¿Insípido?

—Sí. Como siempre.

—Comencé a entrar en la fase de confusión. —Suspiró—. Me queda poco tiempo.

—Tarde o temprano sucederá, el diario que escribes no te ayudará. Solo empeorará tu frustración.

—¿Gracias por ayudarme? —Metió la mano en la comida y arrojó un poco de fideo al rostro impasible de Kayro. Aunque de inmediato un destello verde llamó su atención—. ¿Desde cuándo usas joyas? —Señaló el collar de oro con una esmeralda incrustada.

—No es asunto tuyo, mocoso. Vete. Llegarás tarde a clases.

—Voy mediodía tarde, señor inmortal.

Saint se apresuró a levantarse, evitando así el golpe en la cabeza que iba a recibir si se quedaba ahí.

Kayro era un hombre de pocas palabras. Nunca creyó que llegarían a ser tan cercanos, pero ambos conocían muy bien la soledad, esa que te asfixia hasta dejarte sin aire.

Pronto sería la una de la tarde. Debía estar en el instituto antes o recibiría una reprimenda como en los años anteriores. Decidió regresar a su departamento después de recibir el pago de la semana pasada. Sus ahorros ya no cabían en el chanchito de porcelana que Lily le regaló. Tendría que comprar uno más grande cuanto antes.

Al llegar se quitó las zapatillas y las dejó a un costado. Las luces del recibidor se encendieron automáticamente, las pinturas colocadas en la pared resaltaron al instante. Obsequios –o, más bien, recordatorios– de la Orden de Ikor.

Saint se adelantó a saludar a sus padres. Sus fotografías se hallaban uno al lado del otro en el pequeño altar rodeado de flores y el incienso encendido, en compañía de un crisantemo color rosa, la flor favorita de su mamá.

—Ya llegué. Hoy comienzan mis clases—comentó limpiando el polvo acumulado en los marcos de ambas fotos—. Falté al acto de apertura.

«Todos estarán allí con sus familias». Dejó caer sus hombros. Familia... hace tiempo que no lo decía en voz alta. Esa palabra que, a pesar de no recordar su infancia con la claridad que quisiera, le provocaba un dolor agudo en el pecho.

Ladeó la cabeza al escuchar unos pasos familiares recorriendo el pasillo. El cachorro asustadizo arrasó con su puerta sin tocar el timbre, entrando sin invitación y con el sudor recorriendo su sien.

—Saint —soltó junto a una tos seca—. ¿No ves la hora?

—Primero deberías respirar, Aakil. No mueras joven solo por correr, sería estúpido.

—Sí, sí. Que graciosito. —Finalmente sus piernas cedieron, con la poca fuerza que le quedaba fue a buscar reposo en el sofá cercano—. Lily te buscó toda la mañana.

—Me pondré el uniforme y nos vamos.

Saint subió las escaleras sintiendo el cuerpo pesado con cada paso. No era cansancio físico. Todo transcurría con tanta calma y lentitud, entre la incertidumbre y la inevitable certeza de que olvidar se convertiría en una condena para él. El olvido consumiría gran parte de lo que un día fue, dejando a un Saint que jamás conoció a Shin.




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