El Fuego Que No Se Apague

EL FUEGO QUE NO SE APAGA

EL ENCUENTRO EN EL BALCÓN
La lluvia azotaba los cristales del Gran Hotel Libertador de Lima cuando Sofía Montenegro ajustó la corbata de seda negra de su jefe, el senador Andrés Fuentes. Tenía veintisiete años, ojos color ámbar que brillaban con una inteligencia que nadie esperaba de una asistente ejecutiva, y manos que temblaban apenas un poco al contacto con la piel caliente del hombre que dirigía la Comisión de Desarrollo Urbano. Andrés tenía cuarenta y dos años, era casado con la heredera de una empresa de construcción, Marcela Valdez, y llevaba tres años trabajando codo con codo con Sofía. Esa noche, el hotel albergaba la gala anual de la Cámara de Comercio, y el aire estaba cargado de perfume de jazmín, champán y ambiciones ocultas.
"Ya está listo, señor Fuentes", dijo Sofía en voz baja, evitando mirarlo a los ojos. Sabía que era peligroso: cada vez que sus miradas se cruzaban, sentía una chispa que ascendía desde sus dedos hasta su pecho, un fuego que intentaba sofocar con todas sus fuerzas. Andrés sonrió, un gesto que mostraba las arrugas alrededor de sus ojos marrones, y colocó una mano sobre la de ella por un instante demasiado largo. "Gracias, Sofía. Siempre tan cuidadosa", murmuró, y su voz tenía un matiz cálido que la hacía temblar. En ese momento, la puerta de la habitación se abrió de golpe y entró Rodrigo Sánchez, amigo de la infancia de Andrés y director de una empresa de ingeniería. Tenía treinta y nueve años, cabello castaño rizado y una sonrisa que había conquistado a media Lima. "¡Andrés! ¿Te creías que te ibas a escapar de mí? Tenemos que hablar del proyecto del puerto", dijo, sin notar la tensión que se había instalado entre el senador y su asistente.
Mientras los hombres discutían sobre planos y presupuestos, Sofía se retiró al balcón cerrado, buscando aire fresco. Allí se encontró con Camila Mendoza, la diseñadora de moda que había vestido a la mayoría de las invitadas de la gala. Tenía treinta años, pelo rubio platino y una actitud desafiante que contrastaba con su apariencia delicada. "¿Estás bien, cariño? Pareces haber visto un fantasma", dijo Camila, ofreciéndole un vaso de sidra. Sofía aceptó con gratitud y contó, en voz baja, sobre la atracción que sentía por Andrés. Camila frunció el ceño: "Ojo, mi amor. Él es casado, y además, tu hermana Clara trabaja como abogada en la empresa de su esposa. No querrías crear problemas en tu familia, ¿verdad?" Mientras hablaban, vio llegar a la terraza superior a un grupo de jóvenes: entre ellos estaba Lucas Montenegro, su hermano menor de veintidós años, y su novia Fernanda López, una estudiante de arquitectura con ojos verdes y una risa contagiosa. Lucas la vio y la saludó con entusiasmo, pero Fernanda solo le dedicó una mirada fría: desde que Sofía había conseguido el trabajo con el senador, la muchacha la consideraba una ambiciosa que se olvidaba de su familia.
De vuelta en la sala principal, la gala comenzaba a tomar ritmo. El maestro de ceremonias, Juan Carlos Pérez, un hombre de cincuenta años con voz de barítono, anunció los discursos. Mientras Andrés subía al escenario, Sofía se sentó en una mesa donde estaban sentados otros invitados: Carlos Ramírez, el editor de un diario importante; su esposa Elena, una escritora de novelas de amor; Miguel Torres, el gerente del hotel; su pareja Daniela Castro, una chef reconocida; y Antonio Gómez, un médico cardiólogo que había sido compañero de universidad de Andrés. Carlos le preguntó a Sofía sobre los planes del senador para el próximo año electoral, y ella respondió con las frases preparadas de antemano, pero su atención estaba puesta en Andrés, que hablaba con pasión sobre el futuro de Lima. En ese momento, sintió una mirada sobre sí misma y se giró: era Diego Fernández, un fotógrafo famoso que había trabajado en varias campañas políticas. Tenía treinta y cinco años, ojos azules intensos y una forma de mirarla que la hacía sentir deseada de una manera completamente diferente a como lo hacía Andrés. "¿Te gustaría que te tome algunas fotos después de la gala? Tengo un proyecto sobre mujeres que hacen la diferencia en el mundo político", le susurró al oído, y su aliento caliente le hizo estremecer.
Después del discurso, Marcela Valdez se acercó a Sofía con una sonrisa que no llegaba a sus ojos grises. "Sofía, querida. Andrés me ha hablado mucho de ti. Me alegro de que lo apoyes tanto en su trabajo", dijo, pero su voz tenía un tono de advertencia. Junto a ella estaba su madre, Rosa Valdez, una mujer de sesenta años con una presencia imponente y cabello blanco recogido en un moño perfecto. "La joven es muy capaz, Marcela. Ya he visto cómo maneja los asuntos del senador. Aunque espero que se mantenga en sus límites", añadió Rosa, mirándola de arriba abajo. Sofía se sintió pequeña y vulnerable, pero mantuvo la compostura: "Muchas gracias por sus palabras, señora Valdez. Mi único objetivo es ayudar al señor Fuentes en su labor". En ese momento, llegó Clara Montenegro, su hermana de treinta años, con su marido Jorge Díaz, un juez federal. Clara abrazó a Sofía con fuerza: "¿Por qué no me has dicho que vendrías? Estaba buscándote por todos lados". Jorge saludó con educación y luego se dirigió a Marcela para discutir un caso legal relacionado con la empresa de construcción de la familia.
A medida que la noche avanzaba, Sofía se vio envuelta en una red de conversaciones y encuentros. Conoció a Laura Sánchez, la esposa de Rodrigo, una mujer dulce de treinta y siete años que trabajaba como maestra de primaria y hablaba con entusiasmo sobre sus alumnos. También se encontró con Pedro López, el padre de Fernanda, un hombre de cincuenta y cinco años que era dueño de una cadena de supermercados y le hizo una oferta de trabajo en su departamento de comunicaciones: "No deberías perder tu talento trabajando para políticos, mija. En mi empresa te daría un sueldo mucho mejor y menos problemas". Sofía agradeció la oferta, pero dijo que estaba contenta en su puesto. Mientras tanto, Diego el fotógrafo seguía cerca, tomando fotos de los invitados y aprovechando cada oportunidad para hablar con ella. Le contó sobre sus viajes por el mundo, sobre sus proyectos y sobre su forma de ver la vida: "Creo que la pasión es lo que da sentido a todo. Sin ella, estamos muertos aunque vivamos". Sus palabras resonaron en Sofía, que había estado reprimiendo sus sentimientos durante mucho tiempo.
Cuando la gala llegó a su fin, Andrés se acercó a Sofía y le pidió que lo acompañara a revisar algunos documentos en su oficina del Congreso, que estaba a pocas cuadras del hotel. "Lo siento, señor Fuentes, pero ya es muy tarde. Creo que sería mejor hacerlo mañana", respondió Sofía, pero la mirada de Andrés era tan intensa que no pudo resistirse. "Por favor, Sofía. Son documentos importantes y necesito tu ayuda para organizarlos. Te llevaré a casa después", dijo él. Ella aceptó, a pesar de las advertencias que escuchaba en su interior. Mientras caminaban por las calles vacías de Lima, la lluvia había cesado y el aire olía a tierra mojada y flores de noche. Andrés tomó su mano y la apretó con fuerza: "Sofía, hace tiempo que quiero decirte algo. No puedo seguir ocultando lo que siento por ti. Eres la única persona que realmente me entiende". Sofía se detuvo y miró a los ojos: "Señor Fuentes, usted está casado. Esto no puede pasar. Además, mi hermana trabaja con su esposa, mi hermano está con la hija de un amigo suyo... Todo se vendría abajo". Pero sus palabras no tenían fuerza, porque ella sentía lo mismo que él.
En la oficina del Congreso, la luz tenue de las lámparas de escritorio creaba un ambiente íntimo. Mientras organizaban los documentos, sus manos se rozaban una y otra vez, hasta que Andrés la cogió por la cintura y la acercó a él. Sus labios se encontraron en un beso que fue como un fuego que se desata, apasionado y necesario, lleno de todos los sentimientos que habían estado reprimiendo durante años. Sofía se entregó al beso, olvidándose de todo: de Marcela, de Clara, de las consecuencias que podría tener esa relación. Pero en el momento más intenso, el teléfono de Andrés comenzó a sonar. Era Marcela, que preguntaba dónde estaba y por qué no había llegado a casa. Andrés respondió con una excusa, pero la magia del momento se había roto. Sofía se alejó de él, con lágrimas en los ojos: "Tenemos que dejarlo, Andrés. No podemos seguir así. Es inapropiado, es injusto con tu esposa, con mi familia... con nosotros mismos". Él asintió, aunque su rostro mostraba el dolor que sentía: "Tienes razón, Sofía. Pero no puedo dejar de quererte. Eres mi pasión, la única cosa que me hace sentir vivo".
Mientras Sofía se preparaba para irse, escuchó un ruido en la puerta. Era Rodrigo, que había venido a buscar a Andrés para hablar del proyecto del puerto. Al ver la situación, entendió inmediatamente lo que había pasado. "Amigo, ¿qué estás haciendo? Marcela es como una hermana para mí, y Sofía es la asistente de confianza de la empresa. Esto no solo arruinaría tu matrimonio, sino también tu carrera política y la reputación de todas las personas involucradas", dijo Rodrigo con seriedad. Andrés se sintió avergonzado y pidió perdón a ambos. Rodrigo le ofreció llevar a Sofía a casa, y ella aceptó agradecida. Durante el trayecto, Rodrigo le habló con cariño: "Sofía, eres una mujer inteligente y valiosa. No mereces meterte en una situación complicada como esta. Hay hombres que pueden amarte y estar a tu lado sin poner en riesgo a nadie". Sofía lloró en el hombro de Rodrigo, sintiendo el peso de sus decisiones y la confusión de sus sentimientos. Cuando llegaron a su casa, encontraron a Lucas y Fernanda esperándola. Fernanda la miró con desdén: "¿Dónde has estado? Lucas estaba preocupado. Y oí decir que saliste con el senador Fuentes. No me extrañaría que estuvieras tratando de subirte en la vida a costa de los demás".
Sofía entró en su habitación y se tiró en la cama, sin fuerzas para discutir. Mientras miraba el techo, recordó las palabras de Diego el fotógrafo sobre la pasión, y las de Camila sobre los límites, y las de Rodrigo sobre lo que merecía. También pensó en Andrés, en su mirada y en su beso, y en cómo ese sentimiento era tan fuerte que parecía imposible de ignorar. En ese momento, recibió un mensaje de texto de Diego: "¿Estás bien? Vi cómo te fuiste con el amigo del senador. Me gustaría verte mañana para tomar esas fotos. Te espero en mi estudio a las diez de la mañana". Sofía pensó en responder que no, pero luego decidió que tal vez necesitaba distraerse, que tal vez una pasión pasajera era lo que necesitaba para olvidar a Andrés. Contestó que sí, y luego se cerró los ojos, esperando que el sueño la librara, aunque solo por unas horas, del fuego que ardía en su interior.




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