El Fuego Que No Se Apague

EL ESTUDIO DEL FOTÓGRAFO

La mañana siguiente, Sofía se despertó con el sol entrando por la ventana de su habitación y el sabor amargo del arrepentimiento en la boca. Se vistió con jeans oscuros y una blusa blanca sencilla, evitando mirarse al espejo por miedo a ver la tristeza en sus ojos. En la cocina, su madre, Ana Montenegro, una mujer de cincuenta y dos años con cabello castaño canoso y manos trabajadoras, estaba preparando desayuno. "Buenos días, mija. Te vi llegar tarde anoche. ¿Estás bien?" preguntó Ana, mirándola con preocupación. Sofía asintió con la cabeza y tomó una taza de café negro. "Estoy bien, mamá. Solo fue una gala muy larga", respondió, aunque sabía que su madre notaba que estaba mintiendo. En ese momento, llegó Clara con Jorge, y la mesa se llenó de conversación sobre el caso que Jorge estaba manejando y los planes de Clara para abrir su propio despacho de abogados. Lucas y Fernanda llegaron después, y Fernanda no dejó de lanzarle miradas de reproche a Sofía.
A las nueve y media, Sofía salió de casa y se dirigió al estudio de Diego Fernández, que estaba ubicado en el barrio de Barranco, en un edificio antiguo con paredes de colores vibrantes y balcones con flores. Cuando llegó, Diego la recibió con una sonrisa cálida y la invitó a entrar. El estudio era un espacio amplio y luminoso, lleno de fotos enmarcadas que mostraban rostros de todo el mundo: mujeres trabajando en campos, niños jugando en calles polvorientas, parejas abrazadas bajo la lluvia. "Me encanta capturar la verdad de las personas en mis fotos", dijo Diego, mientras encendía las luces de estudio. "Quiero que en tus fotos se vea la fuerza que tienes, Sofía. Esa inteligencia y esa pasión que hay en ti y que parece que estás intentando ocultar". Sofía se sintió comprendida de una manera que no había sentido en mucho tiempo, y permitió que Diego la ayudara a sentarse en el fondo que había preparado: un telón rojo oscuro que recordaba al fuego que sentía por Andrés.
Mientras Diego tomaba las fotos, hablaba con ella de sus viajes por América del Sur. Le contó sobre cuando estuvo en Cusco, y cómo había conocido a una pareja de artistas que vivían en una pequeña casa en las montañas, tan enamorados que parecían formar una sola persona. También le habló de su trabajo en Bolivia, donde había documentado la lucha de las mujeres por sus derechos. "Creo que las mujeres tenemos una fuerza especial, Sofía. Una pasión que nos permite enfrentar cualquier obstáculo, pero que también puede llevarnos a tomar decisiones equivocadas", dijo él, mirándola a través del visor de la cámara. Sofía respondió con sinceridad: "Sí, lo sé. He estado sintiendo una pasión que me asusta, porque sé que no debería sentirla. Es una relación inapropiada, y podría dañar a muchas personas". Diego bajó la cámara y se acercó a ella: "Entiendo. Pero también creo que la pasión no siempre es algo malo. A veces, nos hace descubrir quiénes somos realmente. Lo importante es saber diferenciar entre una pasión que nos hace bien y una que nos destruye".
Después de la sesión de fotos, Diego le ofreció tomar un café en una pequeña cafetería cerca del estudio. Allí, conocieron a María González, una poeta local de cuarenta años que llevaba toda la vida escribiendo sobre el amor y la soledad. María leyó un fragmento de su último poema: "El amor es un fuego que puede calentarnos o quemarnos, depende de cómo lo manejemos". Sofía sintió que el poema hablaba directamente a su corazón, y comenzó a hablar con María sobre sus sentimientos. María le escuchó con atención y luego le dijo: "Mi querida, el amor es complicado, especialmente cuando no sigue las reglas que la sociedad nos impone. Pero tienes que pensar en ti misma primero. ¿Qué es lo que realmente quieres? ¿Una relación que te hace sentir viva pero que te pone en riesgo, o algo más tranquilo pero seguro?" Sofía no pudo responder, porque no lo sabía. Mientras tanto, Diego hablaba con el dueño de la cafetería, Juan José Martínez, un hombre de treinta y dos años que estaba estudiando para ser músico y tocaba la guitarra en las noches de fin de semana. Juan José le mostró a Diego unas canciones que había compuesto sobre el amor en la ciudad de Lima, y Diego sugirió hacerle una sesión de fotos para promocionar su música. Sofía escuchó las melodías suaves y llenas de sentimiento, y sintió cómo la música calmaba un poco el torbellino de emociones que llevaba dentro.
Cuando regresaron al estudio, Diego le mostró las primeras pruebas de las fotos. En ellas, Sofía lucía diferente: sus ojos ámbar brillaban con una intensidad que ella no reconocía, su rostro mostraba una mezcla de fuerza y vulnerabilidad que parecía revelar su verdadero ser. "Me encantan", dijo Sofía, emocionada. "Nunca me había visto así". Diego sonrió y la tomó de la mano: "Ese eres tú realmente, Sofía. No tienes por qué ocultarte. La pasión no es un defecto, es parte de lo que te hace humana". En ese instante, sus labios se acercaron al de ella, y Sofía sintió cómo una nueva chispa se encendía en su interior. Esta vez, no era el fuego ardiente y peligroso de su atracción por Andrés, sino una llama más suave, más segura, que parecía ofrecerle una salida del laberinto en el que se encontraba. Ella se entregó al beso, permitiéndose sentir ese momento sin pensar en las consecuencias, disfrutando de la cercanía de un hombre que la veía y la entendía.
Pero el momento no duró mucho: el teléfono de Sofía comenzó a sonar con insistencia. Era su jefe, Andrés. Con la voz temblorosa, ella lo contestó: "Señor Fuentes". "Sofía, perdón por llamarte en tu día libre, pero necesito que vengas a mi casa. Marcela se fue a visitar a su madre y tengo que revisar algunos documentos para la reunión de mañana. Además, necesito hablar contigo. Es importante", dijo él, y en su voz se notaba el peso de sus preocupaciones. Sofía miró a Diego, que la comprendió de inmediato: "Ve, Sofía. Sé que tienes cosas que resolver. Estaré aquí cuando necesites hablar". Ella le dio las gracias con una sonrisa triste y se fue del estudio, dirigiéndose a la casa de los Fuentes, que estaba ubicada en el exclusivo distrito de San Isidro.
Al llegar a la casa, un edificio de estilo colonial con jardines llenos de rosas rojas, Andrés la recibió en la sala de estar. Vestía pantalones vaqueros y una camisa blanca desabotonada, y lucía más joven y relajado que de costumbre. "Gracias por venir, Sofía", dijo él, ofreciéndole un vaso de jugo de naranja. "Quiero disculparme por lo de anoche. No debería haber dejado que mis sentimientos se llevaran la mejor de mí. Te pongo en una situación muy difícil". Sofía se sentó en un sillón y miró a los ojos: "No es solo tu culpa, Andrés. Yo también sentí lo mismo. Pero tenemos que ser realistas. Tú estás casado, tienes una vida estable, y yo... bueno, yo no puedo arruinar todo eso". Andrés se sentó a su lado y tomó su mano con cuidado: "Sé que es difícil, pero no puedo dejar de pensar en ti. Marcela y yo... llevamos años viviendo como compañeros más que como esposos. Nos amamos, claro, pero no es el mismo amor que siento por ti. Es un amor cómodo, seguro, pero sin pasión". Sofía sacudió la cabeza: "Eso no justifica nada. Ella te ama, y se merece que le seas fiel. Además, si esto sale a la luz, tu carrera política terminaría, y mi hermana perdería su trabajo en la empresa de Marcela. No podemos ser tan egoístas".
Mientras hablaban, escucharon un ruido en la puerta principal. Era Laura Sánchez, la esposa de Rodrigo, que venía a dejarle unos documentos que Rodrigo había olvidado en su casa. Al ver a Sofía, se sorprendió un poco, pero mantuvo la compostura: "Hola, Sofía. No sabía que estabas aquí. Andrés, Rodrigo me pidió que te llevara estos papeles sobre el proyecto del puerto". Ella entregó la carpeta y se quedó un rato charlando, preguntándoles sobre la gala de la noche anterior. Sofía notó cómo Laura miraba a Andrés con una ternura especial, y se preguntó si ella sabía algo sobre la relación entre él y su esposa, o si simplemente era una amiga cercana. Después de que Laura se fuera, Andrés suspiró: "Laura es una buena persona. Ella y Rodrigo han sido mi apoyo en todo momento. No quiero hacerle daño a nadie".
Sofía ayudó a Andrés a organizar los documentos, y mientras lo hacían, hablaron de sus vidas pasadas. Andrés le contó cómo había conocido a Marcela en la universidad, cuando ambos estudiaban derecho, y cómo habían construido su vida juntos, apoyándose mutuamente en sus carreras. "Ella es una mujer inteligente y trabajadora. Ha ayudado mucho a que llegara donde estoy hoy", dijo él, con un tono de gratitud. Sofía le contó sobre su infancia en el distrito de Surco, sobre cómo había tenido que trabajar duro para pagar sus estudios de administración, y sobre su sueño de algún día tener su propia empresa de consultoría. "Siempre he sido muy independiente", dijo ella. "No quiero depender de nadie para alcanzar mis metas". Andrés la miró con admiración: "Ese es uno de los motivos por los que te quiero tanto. Eres fuerte y decidida, y no te dejas llevar por las circunstancias".
Cuando terminaron de trabajar, era ya de la tarde. Andrés le ofreció llevarla a casa, y ella aceptó. Durante el trayecto, pasaron por el Malecón de Lima, donde la gente caminaba, corría y disfrutaba del mar. "Me gusta venir aquí cuando necesito pensar", dijo Andrés. "El mar me recuerda que hay cosas más grandes que nuestros problemas". Sofía miró el océano azul oscuro y asintió: "Tienes razón. A veces nos enfocamos tanto en nuestras emociones que olvidamos el mundo que nos rodea". De repente, vio a Carlos Ramírez y su esposa Elena caminando por el malecón, junto a Antonio Gómez, el médico. Carlos la vio y la saludó: "¡Sofía! ¿Qué tal? ¿Estás con el senador Fuentes? Vamos a tomar un helado, ¿te gustaría acompañarnos?" Sofía no pudo rechazar la invitación, así que se unieron al grupo. Mientras comían helado de mango, Elena le habló de su nueva novela: "Estoy escribiendo sobre una mujer que tiene que elegir entre el amor seguro y el amor apasionado. ¿Te gustaría leer el manuscrito cuando esté listo? Creo que podrías darme alguna opinión". Sofía aceptó, sintiendo cómo la historia de la novela parecía reflejar su propia situación.
Después de despedirse del grupo, Andrés la llevó a su casa. Al llegar, encontraron a su padre, Roberto Montenegro, un hombre de cincuenta y cinco años que trabajaba como mecánico y tenía una pasión por los coches antiguos. Roberto estaba arreglando un Ford T del año 1925 en el garaje, y cuando vio a Andrés, se acercó a saludarlo con respeto: "Señor Fuentes, un honor tenerlo en nuestra casa. Sofía nos ha hablado mucho de usted". Andrés le estrechó la mano con calidez: "Por favor, llámame Andrés. Sofía es una excelente trabajadora, y estoy muy agradecido con ella". Mientras Roberto mostraba a Andrés el coche que estaba restaurando, Sofía entró en casa y se encontró con Fernanda, que estaba ayudando a Ana a preparar la cena. Fernanda la miró y dijo con sarcasmo: "¿Así que el senador Fuentes te lleva a casa ahora? Parece que tienes una relación muy cercana con tu jefe". Sofía sintió cómo se le subía la sangre a la cara: "Es solo mi jefe, Fernanda. Estábamos trabajando en unos documentos importantes". Pero Fernanda no la creyó, y se fue de la cocina con un gruñido.
Andrés se despidió poco después, y Sofía se fue a su habitación para descansar. Mientras se quitaba la ropa, pensó en todo lo que había pasado ese día: la sesión de fotos con Diego, el beso que habían compartido, la conversación con Andrés en su casa, la reunión con Carlos, Elena y Antonio en el malecón. Se sintió abrumada por las emociones que luchaban dentro de ella: el deseo por Andrés, la atracción por Diego, el miedo a hacer daño a los demás, el sueño de alcanzar sus metas profesionales. Tomó su cuaderno y comenzó a escribir algunas notas sobre lo que quería hacer con su vida, tratando de ordenar sus pensamientos. En ese momento, recibió un mensaje de texto de Diego: "¿Estás bien? Espero que hayas podido resolver las cosas con tu jefe. Me gustaría verte mañana si tienes tiempo. Quiero mostrarte algunas fotos más y hablarte de un proyecto que estoy organizando". Sofía respondió que sí, y luego se acostó en la cama, cerrando los ojos con la esperanza de que el mañana le diera algunas respuestas a las muchas preguntas que tenía en su corazón.




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