La plaza permanecía en un silencio absoluto.
Nadie se atrevía a acercarse al niño.
Kael seguía de pie, inmóvil.
Miraba sus manos sin comprender por qué todos lo observaban con tanto miedo.
La sombra que momentos antes recorría sus dedos había desaparecido.
Era como si nunca hubiera existido.
Pero todos la habían visto.
Todos.
El comandante Elarim dio un paso al frente.
Sus alas blancas se desplegaron lentamente.
Su voz resonó por toda la plaza.
—El examen ha terminado.
Nadie respondió.
—Regresen a sus hogares.
Los aldeanos comenzaron a caminar, pero ninguno dejó de mirar a Kael.
Algunos susurraban.
Otros escondían a sus hijos detrás de ellos.
Una mujer hizo una pequeña oración al pasar frente al niño.
Como si quisiera protegerse de él.
Kael bajó la cabeza.
Aether apretó los puños.
No entendía por qué todo había cambiado tan rápido.
Aquella misma noche...
El comandante permanecía dentro de una pequeña habitación de la aldea.
Frente a él había un cristal flotando en el aire.
Era un Cristal de Comunicación Imperial.
La superficie del cristal comenzó a brillar.
Poco a poco apareció la imagen de un anciano vestido con una túnica completamente blanca.
No era un soldado.
No era un rey.
Era uno de los Sabios Imperiales, consejeros del Gran Imperio Elarim.
—Comandante Seraph...
¿A qué se debe esta llamada de emergencia?
El comandante respiró profundamente.
—Ha aparecido un niño.
Silencio.
—¿Y?
—No posee un Elemento conocido.
El anciano frunció el ceño.
—Explícate.
—La esfera reaccionó...
...con oscuridad.
La expresión del anciano cambió por completo.
Durante unos segundos...
No dijo una sola palabra.
Finalmente respondió.
—Eso... es imposible.
—Yo también lo creía.
Pero todos los presentes fueron testigos.
La esfera explotó.
La luz desapareció.
Y por un instante...
Sentí miedo.
El anciano cerró lentamente los ojos.
Como si recordara algo que deseaba olvidar.
—No dejes que abandone la aldea.
Mañana llegará una delegación imperial.
Hasta entonces...
Nadie debe acercarse a ese niño.
La comunicación terminó.
Mientras tanto...
Kael permanecía sentado frente a su casa.
Nox descansaba sobre sus piernas.
El niño acariciaba distraídamente su suave pelaje.
—Nox...
¿Crees que soy un monstruo?
La pequeña criatura levantó la cabeza.
Le dio un pequeño lametón en la mano.
Kael sonrió con tristeza.
—Gracias...
Supongo que tú siempre estarás conmigo.
Desde la puerta de la casa, su madre observaba la escena.
Quería abrazarlo.
Decirle que todo estaría bien.
Pero ni siquiera ella entendía qué había ocurrido.
Y eso le daba miedo.
A varios kilómetros de la aldea...
En lo más alto de una torre de mármol blanco.
Un hombre observaba las estrellas.
Vestía una armadura dorada.
Sus ojos eran completamente plateados.
Un soldado se arrodilló frente a él.
—Mi señor...
El informe ha sido confirmado.
El hombre permaneció en silencio.
—¿Es cierto?
—Sí.
Ha nacido un niño...
Con un poder que ningún registro imperial reconoce.
El hombre levantó lentamente la vista hacia la luna.
Y por primera vez en muchos años...
Sonrió.
No era una sonrisa amable.
Era la sonrisa de alguien que acababa de encontrar aquello que llevaba siglos buscando.
—Entonces...
La profecía...
Era real.
El soldado tragó saliva.
—¿Qué órdenes dará?
El hombre respondió sin apartar la vista del cielo.
—Traigan al niño.
Vivo.
Cueste lo que cueste.