El viaje duró tres días.
Tres días en los que Kael apenas vio la luz del sol.
Mientras el enorme barco imperial cruzaba los cielos de Duskaria, los pasajeros disfrutaban de amplias habitaciones, comida caliente y vistas espectaculares desde las cubiertas.
Pero Kael...
Permanecía encerrado en una pequeña celda de acero rúnico.
Las paredes estaban cubiertas con símbolos mágicos.
No para encerrarlo por lo que había hecho.
Sino por lo que temían que pudiera llegar a hacer.
Nox permanecía acurrucada junto a él.
Era la única presencia que le daba un poco de paz.
Cada cierto tiempo un guardia abría una pequeña ventana de hierro.
Deslizaba un plato de comida hacia el interior.
Y volvía a cerrarla sin decir una palabra.
En otra parte del barco...
Aether observaba las nubes desde un elegante balcón.
Vestía ropa nueva.
Mucho más fina que la que llevaba en la aldea.
Un anciano Elarim se acercó lentamente.
—¿Te gusta la vista?
Aether sonrió.
—Sí...
Pero...
¿Dónde está Kael?
El anciano permaneció en silencio unos segundos.
—Está descansando.
—¿Puedo verlo?
—Más adelante.
Aether bajó la mirada.
Algo dentro de él le decía que aquella respuesta no era cierta.
Al amanecer del cuarto día...
La Capital Imperial apareció entre las nubes.
Kael nunca había visto algo semejante.
Enormes islas flotaban en el cielo.
Puentes de cristal unían gigantescas torres blancas.
Miles de alas doradas cruzaban el aire.
Fuentes de agua brillante caían desde lo alto de los edificios hacia jardines suspendidos en el vacío.
Era hermosa.
Casi parecía un paraíso.
Pero para Kael...
Se convertiría en una prisión.
Los barcos aterrizaron lentamente.
La compuerta principal se abrió.
Aether descendió primero.
Cientos de personas lo esperaban.
Sacerdotes.
Caballeros.
Nobles.
Todos sonreían.
Uno de ellos se inclinó respetuosamente.
—Bienvenido, joven portador de la Luz.
El futuro protector de Duskaria.
Aether se sintió incómodo.
Miró hacia el barco.
—Antes...
Quiero ver a mi amigo.
Los nobles intercambiaron miradas.
—Después habrá tiempo para eso.
Ahora debes conocer a los Altos Sabios.
Mientras tanto...
En la parte trasera del barco...
La puerta de hierro de la celda se abrió con violencia.
—Sal.
Kael obedeció.
Dos soldados sujetaron cadenas mágicas alrededor de sus muñecas.
No porque intentara escapar.
Sino porque tenían miedo.
Uno de ellos lo empujó.
—Camina, monstruo.
Kael tropezó.
Nox gruñó.
El soldado levantó la espada.
—Si esa bestia vuelve a hacer eso...
La mataré.
Kael abrazó rápidamente a Nox.
—Por favor...
Ella no hizo nada.
El soldado soltó una risa.
—Qué patético.
Cuando atravesaron la plaza principal...
Las personas comenzaron a detenerse.
Todos miraban al niño encadenado.
Los murmullos crecían.
—¿Ese es...?
—Sí.
El niño de la oscuridad.
—Escuché que destruyó una reliquia imperial.
—Dicen que es una maldición enviada por los demonios.
—No...
Los demonios ni siquiera poseen ese poder.
Kael bajó la cabeza.
Cada palabra dolía más que las cadenas.
Aether, que caminaba varios metros más adelante, escuchó aquellos murmullos.
Se dio la vuelta.
Y vio a Kael.
Corrió hacia él.
—¡Kael!
Una sonrisa apareció en el rostro del niño.
—¡Aether!
Pero antes de que pudieran acercarse...
Un capitán imperial extendió el brazo.
—Alto.
Aether frunció el ceño.
—Solo quiero hablar con él.
—No es posible.
—¿Por qué?
—Porque desde este momento...
Sus caminos son diferentes.
Kael dio un paso adelante.
—No pasa nada, Aether...
Estaré bien.
Intentó sonreír.
Pero ni él mismo creyó esa mentira.
Los soldados comenzaron a llevárselo.
Aether permaneció inmóvil.
Observándolo alejarse.
Sin saber que esa sería la última vez que vería a su mejor amigo durante muchos años.
Kael levantó la vista una última vez.
Los enormes palacios blancos brillaban bajo el sol.
La gente reía.
Los niños jugaban.
Todo parecía perfecto.
Excepto él.
Y por primera vez...
Sintió que aquel lugar jamás sería su hogar.