El Gran Imperio Elarim jamás dormía.
Mientras unos entrenaban para proteger el continente...
Otros trabajaban en silencio para preservar el conocimiento de siglos.
Y, en lo más profundo del Imperio...
Un niño permanecía encerrado.
Kael despertó sobresaltado.
Había vuelto a tener el mismo sueño.
Oscuridad.
Silencio.
Y aquella voz.
"...Fundador..."
Siempre la misma palabra.
Nunca una explicación.
Respiró profundamente.
—¿Quién eres...?
No obtuvo respuesta.
Solo el silencio de su celda.
En otro extremo de la capital...
Aether sostenía una espada de entrenamiento.
Frente a él había un maestro Elarim.
Un hombre alto, de alas blancas y mirada firme.
—Otra vez.
Aether asintió.
Avanzó.
Su espada describió un arco perfecto.
El maestro bloqueó el ataque con facilidad.
—Muy bien.
Pero tu fuerza no basta.
La Luz no existe para vencer.
Existe para proteger.
Aether bajó la espada.
—Maestro...
¿Puedo hacer una pregunta?
—Habla.
—¿Dónde está Kael?
El maestro permaneció unos segundos en silencio.
—Está recibiendo un entrenamiento diferente.
Aether sonrió.
—Entonces algún día volveremos a entrenar juntos.
El maestro apartó la mirada.
No tuvo el valor de responder.
Mientras tanto...
Kael recibió su primera visita inesperada.
La puerta de la celda se abrió lentamente.
Entró un anciano.
No llevaba armadura.
Solo una vieja túnica gris.
Su espalda estaba encorvada.
En una mano sostenía una bandeja con comida.
El anciano dejó el plato sobre el suelo.
—Come antes de que se enfríe.
Kael levantó la vista.
—Gracias...
El anciano sonrió levemente.
—Hace mucho que nadie me da las gracias.
Kael comenzó a comer.
Era mucho mejor que la comida de los días anteriores.
—¿Por qué me ayuda?
El anciano respondió mientras acomodaba la manta de la cama.
—Porque veo un niño.
No un monstruo.
Kael sintió un nudo en la garganta.
No sabía qué decir.
Era la primera persona en días que lo trataba con amabilidad.
—¿Cómo se llama?
—Mi nombre es Orion.
Trabajo en la biblioteca imperial.
Soy demasiado viejo para ser soldado.
Así que ahora cuido libros...
Y, de vez en cuando...
Niños perdidos.
Kael sonrió por primera vez desde que llegó al Imperio.
Orion observó los sellos grabados en las paredes.
Suspiró.
—Tienen miedo de algo que ni siquiera entienden.
Kael bajó la cabeza.
—¿Usted también me tiene miedo?
El anciano tardó unos segundos en responder.
—No.
Pero sí temo...
Lo que el miedo de los demás pueda hacer contigo.
Antes de marcharse...
Orion dejó discretamente un pequeño libro debajo de la almohada.
No era un libro de magia.
Era un cuento.
En la portada podía leerse:
"La estrella que nunca dejó de brillar."
Kael lo sostuvo entre sus manos.
Hacía mucho tiempo que nadie le hacía un regalo.
Muy lejos de allí...
En la sala de los Altos Sabios.
El informe del último examen descansaba sobre una mesa.
Uno de los ancianos rompió el silencio.
—Cada día que pasa...
Su poder aumenta.
Otro respondió.
—No.
Lo que aumenta...
Es su tristeza.
Todos guardaron silencio.
Porque sabían...
Que ambas cosas estaban comenzando a ser lo mismo.
Esa noche...
Kael abrió el pequeño libro que Orion le había dejado.
La primera frase decía:
"La oscuridad de una noche nunca puede apagar una estrella que decide seguir brillando."
El niño sonrió.
Cerró lentamente el libro.
Y, por primera vez...
Pensó que quizá todavía existía alguien capaz de verlo como una persona.
Sin darse cuenta...
Desde el techo de la celda...
Una diminuta sombra lo observaba.
No tenía ojos.
No tenía rostro.
Solo una forma indefinida.
Y desapareció en silencio.