Habían pasado varias semanas.
Para Kael...
Todos los días eran iguales.
Despertar.
Comer.
Exámenes.
Regresar a la celda.
Dormir.
Y volver a empezar.
Los únicos momentos en los que sonreía...
Eran cuando Orion bajaba a visitarlo.
Aquella mañana...
El anciano llegó con otro libro.
—Hoy aprenderemos historia.
Kael levantó una ceja.
—¿Historia?
Orion sonrió.
—Quien conoce el pasado...
Tiene más posibilidades de cambiar el futuro.
Kael tomó el libro.
En la portada podía leerse:
"Las Grandes Razas de Duskaria."
Durante horas...
Orion le habló sobre los Elarim.
Los elfos.
Los gigantes.
Los dragones.
Las bestias antiguas.
Y muchas otras razas.
Kael escuchaba fascinado.
—Entonces...
¿Todos nacemos con un poder?
—Sí.
—¿Y por qué yo soy diferente?
El anciano guardó silencio.
Era una pregunta que nadie podía responder.
En ese mismo instante...
Las alarmas comenzaron a sonar por toda la prisión.
¡¡¡BOOOOOOM!!!
Los soldados corrieron por los pasillos.
Uno de ellos gritó.
—¡Contención número siete!
—¡Rápido!
Kael miró a Orion.
—¿Qué pasa?
El anciano frunció el ceño.
—Quédate aquí.
No salgas.
Sea lo que sea...
No salgas.
Corrió hacia el pasillo.
La puerta volvió a cerrarse.
Los minutos pasaban.
Los gritos aumentaban.
El sonido de espadas chocando contra algo retumbaba bajo tierra.
Después...
Silencio.
Un silencio incómodo.
Kael se acercó lentamente a la puerta.
Escuchó pasos.
Pensó que era Orion.
Pero no.
Era un hombre.
Vestía una túnica negra completamente rota.
Su rostro estaba cubierto de sangre.
Respiraba con dificultad.
Cuando vio la celda de Kael...
Sonrió.
—Así que...
Tú eres...
El niño...
Kael retrocedió.
—¿Quién es usted?
El hombre comenzó a reír.
—Ellos...
Siguen creyendo...
Que pueden encerrarte...
Pero...
No entienden...
Lo que eres.
Kael sintió un escalofrío.
—¿Qué soy?
El hombre apoyó la mano sobre los barrotes.
Su cuerpo comenzó a desintegrarse lentamente.
Como si su propia vida estuviera desapareciendo.
Antes de morir...
Pronunció una última frase.
"Nunca permitas... que ellos decidan... quién eres."
El hombre cayó al suelo.
Sin vida.
Kael quedó inmóvil.
No entendía nada.
Un grupo de soldados llegó segundos después.
Uno de ellos apartó el cuerpo con el pie.
—Otro fanático...
El capitán observó a Kael.
—¿Te dijo algo?
Kael dudó unos segundos.
Y respondió.
—No.
Era la primera mentira que decía desde que llegó al Imperio.
Aquella noche...
Orion regresó.
Tenía una herida en el brazo.
Kael corrió hacia él.
—¡Está herido!
El anciano sonrió.
—No es nada.
Kael bajó la cabeza.
—Hoy...
Mentí.
Orion lo miró.
—¿Por qué?
Kael recordó las palabras del desconocido.
"Nunca permitas que ellos decidan quién eres."
—No lo sé...
Pero sentí...
Que si les contaba...
Algo malo iba a pasar.
Orion apoyó una mano sobre su hombro.
—Escúchame bien, Kael.
El miedo hace que las personas cometan errores.
No permitas que el miedo de otros...
Se convierta en el dueño de tu corazón.
Kael asintió lentamente.
Pero...
Sin que Orion lo supiera...
Aquellas palabras ya estaban empezando a perder fuerza.
Esa misma noche...
En la oscuridad de la celda...
La pequeña llama negra volvió a aparecer.
Esta vez...
No estaba frente a Kael.
Flotaba sobre el cuerpo del hombre muerto.
Y, por un breve instante...
Pareció absorber una diminuta chispa de luz antes de desvanecerse.
Kael abrió mucho los ojos.
No entendía qué acababa de ver.
Pero sintió un escalofrío.
Algo en su poder había cambiado.
Y todavía no sabía si eso debía darle esperanza...
O miedo.