La lluvia golpeaba los ventanales del Gran Imperio.
El sonido era tranquilo.
Pero en las profundidades de la prisión...
Nada transmitía paz.
Kael permanecía sentado sobre el suelo de piedra.
El libro que Orion le había prestado descansaba entre sus manos.
No era un libro de magia.
Era un libro de historia.
Y, sin embargo...
Era el primero que le hacía sentir que el mundo era mucho más grande que su celda.
Orion entró en silencio.
Traía dos tazas de una bebida caliente.
—Hace frío hoy.
Kael sonrió.
—Gracias.
El anciano se sentó junto a él.
Durante unos minutos...
Ninguno habló.
Simplemente leyeron.
Era un momento de calma.
Uno de los pocos que Kael tenía.
Después de un rato, Orion cerró el libro.
—Kael...
¿Alguna vez has pensado en qué harás si algún día sales de aquí?
El niño levantó la vista.
Nunca se lo había preguntado.
Pensó durante unos segundos.
—Quiero volver a mi aldea.
Quiero abrazar a mis padres.
Quiero volver a ver a Aether.
Y...
Quiero que nadie vuelva a tener miedo de mí.
Orion sonrió con tristeza.
—Es un buen sueño.
No dejes que te lo arrebaten.
Muy arriba...
En el Palacio Imperial.
Los Altos Sabios discutían.
Uno golpeó la mesa.
—El poder del niño sigue creciendo.
Otro respondió.
—Pero no ha mostrado intención de atacar.
—Todavía.
El silencio se apoderó de la sala.
Entonces habló una mujer que hasta ese momento había permanecido callada.
Era Lady Seraphine.
La misma que había ido por Kael a la aldea.
—Estamos olvidando algo.
Todos la miraron.
—¿Qué cosa?
—Estamos observando su poder...
Pero no su corazón.
Algunos Sabios bajaron la mirada.
Otros no estuvieron de acuerdo.
—No podemos correr ese riesgo.
—Si esperamos demasiado...
Podría convertirse en una amenaza imposible de detener.
Seraphine respondió con firmeza.
—Y si seguimos tratándolo como un monstruo...
Nos aseguraremos de que algún día lo sea.
La sala quedó completamente en silencio.
Esa noche...
Kael volvió a soñar.
Pero esta vez...
No apareció el trono.
Solo un inmenso vacío.
En medio de aquella oscuridad...
Una figura caminaba lentamente.
No tenía rostro.
No tenía alas.
No tenía ojos.
Se detuvo frente a Kael.
Y habló.
"¿Por qué sigues resistiéndote?"
Kael retrocedió.
—¿Quién eres?
La figura inclinó ligeramente la cabeza.
"No soy tu enemigo."
"Ni tu amigo."
"Soy aquello que siempre ha estado contigo."
Kael sintió un escalofrío.
—No entiendo...
La figura levantó lentamente una mano.
"Todavía no."
"Cuando llegue el día..."
"Me darás un nombre."
El vacío comenzó a desaparecer.
La figura también.
Antes de irse...
Pronunció una última frase.
"No olvides..."
"Incluso la oscuridad puede proteger."
Kael despertó sobresaltado.
Respiraba con fuerza.
Miró sus manos.
No había ninguna sombra.
No había nadie.
Solo Nox, que dormía tranquilamente a su lado.
Mientras tanto...
En una torre del Palacio Imperial...
Aether observaba la luna.
Su entrenamiento había avanzado mucho.
Sus movimientos eran más rápidos.
Su dominio de la luz crecía cada día.
Pero había algo que seguía pesando sobre su corazón.
—¿Dónde estás, Kael...?
No lo sabía.
Pero estaba decidido a encontrar la respuesta.
Aunque tuviera que desafiar al propio Imperio.