Las alarmas resonaban por todo el Archivo Imperial.
Los soldados corrían por los pasillos.
Las antorchas iluminaban la oscuridad.
Kael sostenía con fuerza la carta de Orion.
No podía dejarla atrás.
Jamás.
Nox comenzó a gruñir.
Pasos.
Muchos pasos.
Venían desde ambos lados del corredor.
Kael respiró profundamente.
Miró la habitación una última vez.
—Tenemos que salir.
Los dos comenzaron a correr por un antiguo pasadizo.
Las paredes estaban cubiertas de símbolos que el Imperio había intentado borrar siglos atrás.
Pero todavía podían distinguirse algunas palabras.
"Origen..."
"Vacío..."
"Primer Fin..."
Kael no entendía su significado.
Al doblar un corredor...
Encontró una enorme puerta de piedra entreabierta.
Dentro había una sala circular.
En el centro...
Una estatua gigantesca.
Representaba a un hombre sentado en un trono.
Su rostro había sido destruido a golpes.
Como si alguien hubiera querido borrar su identidad.
Pero aún podía verse un detalle.
Sobre su pecho...
Había grabado un símbolo idéntico al que aparecía en el brazalete de Kael.
Kael dio un paso al frente.
Sintió una extraña presión en el pecho.
Entonces...
Una voz antigua resonó por toda la sala.
No provenía de ninguna persona.
Parecía salir de las propias piedras.
"Cuando el último equilibrio se rompa..."
"Nacerá aquel al que ni la vida ni la muerte reclamarán."
Kael quedó inmóvil.
La voz continuó.
"No será un dios..."
"Ni un demonio..."
"Ni un rey..."
"Será..."
La voz se detuvo de repente.
Un fuerte estruendo sacudió la habitación.
Las puertas comenzaron a cerrarse.
Los soldados estaban cada vez más cerca.
Kael observó nuevamente la estatua.
Notó algo extraño.
En la base había una inscripción casi ilegible.
Con mucho esfuerzo logró leer unas palabras.
"...Fundador..."
Nada más.
El resto había sido destruido hacía siglos.
—¡Está aquí!
Gritó un capitán desde el pasillo.
Decenas de soldados entraron corriendo.
Kael retrocedió.
Nox se colocó frente a él.
Gruñendo.
Uno de los soldados levantó su lanza.
—¡No lo dejen escapar!
Kael cerró los ojos.
No quería pelear.
No quería herir a nadie.
Solo quería encontrar a Orion.
Entonces...
Un proyectil salió disparado desde la oscuridad.
Golpeó la lanza del soldado.
Todos se quedaron inmóviles.
Desde uno de los túneles apareció una figura encapuchada.
No llevaba armadura.
Solo una vieja capa gris.
—Síganme.
Dijo con voz firme.
Kael dudó apenas un segundo.
Después corrió tras aquella persona.
Los soldados intentaron perseguirlos.
Pero el desconocido conocía perfectamente los antiguos túneles.
Cada giro.
Cada escalera.
Cada puerta.
Parecía haber recorrido ese lugar cientos de veces.
Finalmente llegaron a una salida oculta.
La figura se detuvo.
Se dio la vuelta.
Por primera vez Kael pudo ver su rostro.
Era un hombre de unos cuarenta años.
Con una cicatriz cruzándole el ojo izquierdo.
Sonrió.
—Así que tú eres Kael...
El niño asintió.
—¿Quién es usted?
El hombre respondió:
—Un viejo amigo de Orion.
Y alguien que aún cree...
Que puedes cambiar el destino de este mundo.