El amanecer iluminó las ruinas del santuario.
Kael seguía inmóvil.
La carta de Orion permanecía entre sus manos.
Ragnar se acercó lentamente.
—Debemos irnos.
Kael levantó la mirada.
—No puedo...
No mientras él siga encerrado.
Ragnar respiró profundamente.
—Precisamente por eso debes vivir.
Si caes ahora...
Todo por lo que Orion luchó habrá sido en vano.
Antes de abandonar el santuario...
Kael se volvió una última vez.
Hincó una rodilla en el suelo.
—Lo prometo...
Abuelo.
Voy a volver por usted.
Mientras tanto...
En el Gran Imperio...
Orion era conducido por largos pasillos de piedra.
Sus cadenas resonaban con cada paso.
Los soldados no hablaban.
Pero algunos evitaban mirarlo a los ojos.
Sabían que aquel anciano no era un traidor.
Solo había querido proteger a un niño.
En la sala del Consejo...
El líder imperial observó un antiguo pergamino.
Sobre él solo aparecía un nombre.
KAEL
Y debajo...
Una sola frase.
"Si la oscuridad despierta... no existirá ejército capaz de detenerla."
El anciano cerró el pergamino.
—Entonces...
Nunca permitiremos que despierte.