La gran sala de ejecución permanecía en silencio.
Orion estaba solo.
Frente a él...
Los Doce Caballeros Celestiales.
Detrás...
Miles de soldados.
Y sobre el balcón...
El Consejo.
El líder imperial habló.
—Orion.
Por proteger al portador de la oscuridad...
Has sido condenado.
¿Tienes unas últimas palabras?
Orion levantó la cabeza.
Miró el cielo.
Aunque el techo ocultaba las estrellas.
Sonrió.
—Sí.
Tengo unas pocas.
Toda la sala guardó silencio.
—Pasé mi vida entre libros.
Aprendí que el conocimiento podía salvar reinos.
Pero hoy comprendí algo más importante.
Ningún libro...
Vale más que una sola vida.
Miró directamente al Consejo.
—Ustedes nunca temieron a la oscuridad.
Temieron aquello que no podían controlar.
Y por ese miedo...
Condenaron a un niño inocente.
El líder respondió.
—Ejecuten la sentencia.
Varios soldados avanzaron.
Pero Caelum levantó la mano.
—Permítanme hacerlo.
No por crueldad.
Sino por respeto.
El Consejo aceptó.
Caelum caminó lentamente.
Su espada brillaba con una luz serena.
Antes de levantarla...
Hizo una reverencia.
—Perdóneme.
Orion sonrió.
—No necesitas pedir perdón.
Solo asegúrate...
De que algún día...
Conozcas toda la verdad.
Caelum cerró los ojos.
Y con un solo movimiento...
La espada descendió.
Todo quedó en silencio.
Lady Seraphine cayó de rodillas.
Ragnar, desde la distancia, bajó la cabeza.
Aether sintió un dolor tan intenso en el pecho que dejó caer su espada.
Y muy lejos...
Kael dejó de respirar por un instante.