Un estruendo recorrió el continente.
Los mares se agitaron.
Los volcanes rugieron.
Los dragones levantaron la cabeza.
Los gigantes dejaron de caminar.
Los demonios sintieron un escalofrío.
Los Elarim miraron al cielo.
Incluso los antiguos sabios comprendieron...
Que algo imposible acababa de ocurrir.
En el túnel...
La oscuridad comenzó a surgir alrededor de Kael.
No era humo.
No era energía.
Parecía devorar la luz misma.
Nox retrocedió unos pasos.
No por miedo.
Sino por respeto.
Las paredes empezaron a agrietarse.
El suelo se hundió.
La montaña entera comenzó a temblar.
En el Imperio...
Todos sintieron la presión.
Soldados.
Caballeros.
Consejeros.
Nadie entendía qué estaba ocurriendo.
Muchos cayeron de rodillas.
No porque alguien los obligara.
Sino porque sus cuerpos eran incapaces de mantenerse en pie.
Caelum levantó lentamente la mirada.
Por primera vez...
Sintió miedo.
Uno real.
Aether apretó su espada.
Las lágrimas corrían por su rostro.
—Kael...
¿Qué te hicieron...?
En medio de la oscuridad...
Una figura apareció detrás de Kael.
No tenía rostro.
No tenía forma definida.
Solo unos ojos blancos brillando en el vacío.
La entidad habló.
Con una voz tan antigua como el tiempo.
"Desde este día..."
"La muerte ya no tendrá un dueño."
"Porque su Fundador ha despertado."
La oscuridad desapareció de golpe.
El silencio regresó.
Kael abrió lentamente los ojos.
Ya no brillaban como antes.
Eran completamente negros.
Sin odio.
Sin ira.
Sin emoción.
Solo calma.
Se puso de pie.
Miró hacia la salida del túnel.
Y pronunció unas palabras que quedarían grabadas en la historia de Duskaria.
"Kael murió con Orion."
Hizo una breve pausa.
"Desde hoy..."
La oscuridad comenzó a rodearlo como un manto.
"..camina el Fundador de la Muerte."