Los días comenzaron a pasar.
La noticia del Fundador se extendió por todo Duskaria.
Los reinos cerraron sus fronteras.
Los Elarim convocaron a sus generales.
Los dragones despertaron de su largo sueño.
Los demonios dejaron de luchar entre ellos.
Por primera vez en siglos...
Todos compartían el mismo miedo.
Kael seguía caminando.
Nunca atacó una ciudad.
Nunca mató a un inocente.
Pero donde pasaba...
La naturaleza cambiaba.
Las flores se marchitaban.
Los ríos se oscurecían.
El cielo perdía su brillo.
Nox seguía a su lado.
Pero cada día respiraba con más dificultad.
La oscuridad del Fundador era demasiado pesada.
Incluso para ella.
Una noche...
Kael despertó al escuchar un pequeño quejido.
Nox estaba temblando.
Su pelaje, antes brillante, comenzaba a perder color.
Kael se arrodilló junto a ella.
Por primera vez desde la muerte de Orion...
Su expresión cambió.
—¿Qué te ocurre...?
Nox levantó lentamente la cabeza.
Le lamió la mano.
Como cuando era un cachorro.
La voz volvió a hablar.
"Ella no pertenece a este poder."
Kael apretó los puños.
—Cállate.
"Su vida se está consumiendo por permanecer junto a ti."
—¡Cállate!
Nox soltó un pequeño gemido.
Apoyó su cabeza sobre las piernas de Kael.
Él comenzó a acariciarla.
En silencio.
Muy despacio.
Y, por primera vez desde que despertó como el Fundador...
Una lágrima cayó sobre el pelaje de Nox.