La tumba de Nox permanecía en silencio.
El viento movía lentamente las flores blancas.
Kael seguía sentado frente a la cruz de madera.
Habían pasado tres días.
Tres días sin moverse.
Sin dormir.
Sin comer.
Solo mirando la tumba.
Eryn se acercó lentamente.
—Señor Kael...
Lia tiene hambre.
Kael reaccionó.
Era la primera vez que alguien pronunciaba su nombre desde la muerte de Nox.
Miró a los dos niños.
Recordó a Orion.
Si él estuviera allí...
Nunca permitiría que pasaran hambre.
Kael se puso de pie.
—Vamos.
Los tres caminaron hasta una pequeña aldea.
Al ver el rostro del Fundador en los carteles de búsqueda...
Los aldeanos comenzaron a cerrar sus puertas.
Las madres abrazaban a sus hijos.
Los hombres tomaban sus armas.
Pero Kael no levantó la mano.
Solo dejó unas monedas sobre el mostrador de una panadería.
Tomó un poco de pan.
Y se marchó.
Ni una amenaza.
Ni una palabra.
Eryn lo observaba.
—¿Por qué no los obligaste?
Kael respondió con calma.
—El miedo nunca construye un hogar.
Aquella noche...
Mientras los niños dormían...
Kael miró las estrellas.
Y habló en voz baja.
—Abuelo...
No voy a destruir este mundo por odio.
Voy a destruir el mundo...
...que obliga a los niños a vivir con miedo.
Y construiré uno nuevo.
Aunque todos me llamen monstruo.