Las alarmas comenzaron a sonar.
Cientos de soldados rodearon el Bastión.
Ballestas.
Lanzas.
Magos.
Todos apuntaban al Fundador.
El comandante dio la orden.
—¡Ataquen!
Miles de proyectiles surcaron el cielo.
Kael dio un paso al frente.
No levantó las manos.
No pronunció un hechizo.
Simplemente abrió los ojos.
La oscuridad se expandió como un océano.
Las flechas se detuvieron en el aire.
Las llamas se apagaron.
La magia desapareció.
Un silencio absoluto envolvió la fortaleza.
Darius observó la escena.
Por primera vez...
Vio a alguien enfrentarse al Imperio sin miedo.
Kael caminó entre los soldados.
Nadie podía moverse.
Llegó frente a Darius.
Lo miró directamente.
—¿Quieres seguir siendo esclavo?
Darius respondió sin dudar.
—No.
Kael extendió una mano.
—Entonces camina.
Las cadenas comenzaron a romperse una por una.
¡CLANG!
¡CLANG!
¡CLANG!
El eco recorrió toda la prisión.
Los esclavos comenzaron a llorar.
Habían esperado ese momento durante años.