Al salir de la montaña...
El grupo fue rodeado por un batallón imperial.
Más de trescientos soldados.
Un capitán dio un paso al frente.
—¡Entréguense!
Kael desenvainó lentamente Mors Aeterna.
Por primera vez...
El Fundador blandía una espada.
El capitán sonrió.
—¿Crees que una espada cambiará algo?
Kael levantó la hoja.
La oscuridad comenzó a recorrer el acero.
Después extendió ambas manos.
Dos enormes círculos negros aparecieron detrás de él.
Un rugido sacudió el valle.
De cada círculo emergió un gigantesco dragón de oscuridad.
Sus ojos brillaban de color blanco.
Sus cuerpos parecían hechos de sombra viva.
Los soldados quedaron paralizados.
Uno de ellos dejó caer su lanza.
—¿Qué... qué son esas cosas?
Kael respondió con calma.
—Mi voluntad.
Los dragones alzaron el vuelo.
Con un solo rugido, destruyeron las armas y las máquinas de guerra del ejército, pero Kael levantó una mano.
—No maten a quienes se rindan.
Los dragones obedecieron.
Los soldados soltaron sus armas y huyeron despavoridos.
Darius observó a Kael con admiración.
Eryn sonrió.
Y, oculto entre las montañas...
Chema contemplaba la escena.
Con los brazos cruzados y una sonrisa.
—Je...
Ya encontraste una espada.
La próxima pelea...
Será mucho más divertida.