En las llanuras de Varkos...
Chema caminaba silbando.
Llevaba otra manzana en la mano.
Detrás de él...
Tres mercenarios intentaban emboscarlo.
Uno lanzó una cadena.
Otro una lanza.
El tercero atacó con magia.
Chema suspiró.
—Siempre igual...
En un instante...
Desenvainó su enorme espada.
Con tres movimientos precisos...
Las cadenas quedaron partidas.
La lanza salió despedida.
Y la magia fue desviada.
Los tres hombres cayeron al suelo.
Uno de ellos gritó:
—¡¿Qué demonios eres?!
Chema sonrió.
—¿Yo?
Soy un Leonhart.
Uno de los últimos.
Los mercenarios quedaron helados.
Los Leonhart eran una raza legendaria.
Guerreros capaces de enfrentarse a ejércitos enteros.
El Imperio los había perseguido durante generaciones.
Chema guardó la espada.
—No vuelvan a atacar por dinero.
Hay causas mejores por las que pelear.
Y siguió caminando.
En la cima de un risco...
Una anciana lo observaba.
Llevaba una armadura con la figura de un león dorado.
Susurró:
—Así que todavía queda un hijo de nuestra sangre..