¡CLANG!
Las dos espadas chocaron.
Una explosión de luz y oscuridad atravesó el bosque.
Los árboles fueron arrancados de raíz.
El suelo se abrió.
Aether atacaba con elegancia.
Cada movimiento era perfecto.
Era el mejor espadachín del Imperio.
Kael respondía con una calma absoluta.
Cada golpe era preciso.
Sin desperdiciar energía.
Como si hubiera aprendido a convertir el dolor en técnica.
Los dos desaparecieron entre destellos.
Nadie podía seguir sus movimientos.
Darius apretó los puños.
—Son monstruos...
Valka no respondió.
Solo observaba.
Aether logró rozar el hombro de Kael.
Una pequeña herida apareció.
La primera sangre.
Kael bajó la mirada.
Luego sonrió apenas...
No con alegría.
Sino con respeto.
—Has mejorado.
Aether respiraba con dificultad.
—Tú también...
Pero aún puedo salvarte.
Kael no respondió.
Extendió ambas manos.
La oscuridad rugió.
Dos inmensos dragones de sombra nacieron detrás de él.
Sus rugidos hicieron temblar las montañas.
Aether quedó inmóvil.
Era la primera vez que veía semejante poder.
Los dragones avanzaron.
Aether reunió toda su luz.
Con un solo corte...
Abrió un camino entre las sombras.
La explosión iluminó el cielo.
Cuando el humo desapareció...
Los dos seguían de pie.
Ninguno había caído.
Kael observó a Aether durante unos segundos.
Después bajó lentamente su espada.
—Ya es suficiente.
Aether respiró agitado.
—¿Por qué te detienes?
Kael respondió sin emoción.
—Porque todavía...
No quiero matarte.
La oscuridad envolvió al Fundador.
Su figura comenzó a desaparecer.
Antes de irse...
Dijo una última frase.
—La próxima vez que nos encontremos...
No vengas como mi hermano.
Ven como el héroe que este mundo necesita.
Porque yo...
Seré el monstruo que eligió enfrentar.
Y desapareció entre las sombras.
Aether cayó de rodillas.
Su espada se clavó en el suelo.
Las lágrimas comenzaron a caer.
Por primera vez...
Comprendió que ya no podía traer de vuelta al niño con quien creció.
Solo quedaba el Fundador.