La noticia de Noctaris llegó al Reino de Valdren.
Su rey golpeó el trono.
—¡Si permitimos que el Fundador siga vivo, todos los reinos caerán!
Cinco mil soldados marcharon hacia Noctaris.
Cuando llegaron...
Solo encontraron a Kael.
De pie.
Con Mors Aeterna en la mano.
Solo.
El general sonrió.
—¿Dónde está tu ejército?
Kael respondió.
—No lo necesito.
Miles de flechas oscurecieron el cielo.
Kael levantó su espada.
La oscuridad cubrió el campo de batalla.
Dos enormes dragones nacieron detrás de él.
Los soldados comenzaron a correr.
Ya era demasiado tarde.
Los dragones descendieron como un huracán.
Las formaciones quedaron destrozadas.
Las máquinas de guerra fueron reducidas a escombros.
El ejército, aterrorizado, empezó a rendirse.
El general gritó:
—¡Retirada!
Kael apareció frente a él.
—Tu rey eligió esta guerra.
Con un solo corte de Mors Aeterna, el estandarte del reino cayó al suelo y el general fue derrotado.
Los supervivientes huyeron.
Uno de ellos murmuró:
—No es un hombre...
Es el inicio del fin.