El cielo permanecía cubierto por la oscuridad.
Miles de soldados defendían las murallas.
El rey de Valdren observaba desde su balcón.
Sonrió.
—Solo es un hombre.
Kael levantó lentamente Mors Aeterna.
Detrás de él aparecieron los dos dragones de oscuridad.
No rugieron.
Solo abrieron sus enormes ojos blancos.
Toda la ciudad sintió un miedo imposible de explicar.
El rey gritó:
—¡Disparen!
Miles de flechas cubrieron el cielo.
Kael dio un paso.
Los dragones levantaron vuelo.
Las flechas desaparecieron entre las sombras.
Las catapultas quedaron reducidas a escombros.
Las puertas del castillo cedieron.
En pocos minutos...
El ejército comprendió que la batalla estaba perdida.
Muchos dejaron caer sus armas.
Kael habló con una voz que recorrió toda la ciudad.
—Quien ya no quiera luchar...
Váyase.
Quien levante otra vez una espada...
Aceptará las consecuencias.
El silencio fue absoluto.