La sala imperial permanecía en silencio.
Doce tronos.
Doce guerreros.
Cada uno había conquistado reinos enteros.
El Emperador habló.
—El Fundador ya no puede ser tratado como un simple criminal.
Una mujer de cabello plateado sonrió.
—Entonces... ¿podemos matarlo?
—No.
—Quiero que me lo traigan vivo.
Todos quedaron sorprendidos.
—Quiero saber... por qué el poder de la muerte eligió a un niño.
Muy lejos...
Kael observaba el amanecer.
Valka preguntó.
—¿Qué ocurre?
Kael respondió.
—La guerra acaba de cambiar.