El Imperio decidió enviar a su mayor símbolo.
Aurelius.
Un Elarim.
El hombre al que llamaban "El Santo Inmortal".
Jamás había perdido una batalla.
Jamás había envejecido.
Miles lo recibieron como a un dios.
Frente a las puertas de Noctaris...
Aurelius levantó su lanza de luz.
—Fundador...
He venido a juzgarte.
Kael apareció caminando lentamente.
Mors Aeterna descansaba sobre su hombro.
Sonrió apenas.
—Curioso...
Los hombres siempre creen que pueden juzgar aquello que temen.
Aurelius desplegó seis alas de luz.
—Soy inmortal.
Jamás conoceré la muerte.
Kael bajó la cabeza.
Y comenzó a reír.
No una risa de alegría.
Una risa baja...
Como si hubiera escuchado el chiste más absurdo del mundo.
Todos quedaron helados.
Kael levantó lentamente la mirada.
—Todo aquello que posee un cuerpo...
Un paso.
—Todo aquello que posee un alma...
Otro paso.
La oscuridad comenzó a cubrir el cielo.
—Todo aquello que alguna vez nació...
Los dragones rugieron.
Y Kael terminó.
—...también posee una muerte.
Silencio.
—Yo no creo la muerte...
Levantó Mors Aeterna.
—Yo la encuentro.