Leo levantó una mano.
Detrás de él apareció un enorme león dorado.
No era una ilusión.
Era una Manifestación Divina.
Rugió.
El cielo comenzó a romperse.
Kael respondió.
Los dos dragones de oscuridad aparecieron.
Las tres bestias chocaron.
El mundo tembló.
Leo sonrió.
—¿Eso es todo?
Desapareció.
Apareció frente a Kael.
Le dio un puñetazo directo al rostro.
Kael cayó.
Volvió a levantarse.
Otro golpe.
Volvió a levantarse.
Otro.
Y otro.
Y otro.
Todo el cuerpo de Kael estaba cubierto de heridas.
Leo respiró.
—¿Por qué sigues levantándote?
Kael soltó una pequeña risa.
—Porque...
Si me quedo en el suelo...
Jamás podré cambiar este mundo.
Leo guardó silencio.
Por primera vez...
Pensó:
"Ahora entiendo por qué el mundo le teme."
No por su poder.
Sino por su voluntad.
Kael levantó Mors Aeterna.
—Un dios pelea para demostrar su grandeza...
Levantó la espada.
—Un hombre pelea...
La oscuridad comenzó a rodearlo.
—...porque no tiene otra opción.