La guerra había terminado.
Pero otra comenzaba.
Esa noche...
Los cinco Apóstoles estaban reunidos.
Judicar preguntó.
—¿Cuál será nuestro siguiente objetivo?
Kael desplegó un mapa.
No señaló un reino.
No señaló un castillo.
Señaló el corazón del continente.
El Gran Imperio Elarim.
Todos guardaron silencio.
Azrak sonrió.
—¿Vamos a atacar el lugar más protegido del mundo?
Kael respondió.
—No.
Vamos a romper...
El símbolo de su poder.
Ignis preguntó.
—¿Y si todos los reinos vienen contra nosotros?
Kael levantó lentamente la mirada.
Una sonrisa apareció.
No era de locura.
Era de absoluta convicción.
—Los hombres construyen imperios...
...para sentirse eternos.
Silencio.
—Yo solo vine a recordarles...
La oscuridad envolvió lentamente Mors Aeterna.
...que incluso los imperios...
Sus ojos brillaron de negro.
...también tienen una muerte.
Muy lejos...
En una sala oculta bajo el Palacio Imperial...
El Emperador abrió una puerta sellada durante mil años.
Dentro...
Había una espada completamente blanca.
Flotaba en el aire.
Una inscripción antigua cubría el pedestal.
"Solo será desenvainada... cuando el mundo esté al borde de su final."
El Emperador extendió lentamente la mano.
Y susurró:
—Ha llegado el momento...
De despertar...
La Espada del Primer Fundador.
La espada abrió lentamente un ojo en su empuñadura.
Y una voz desconocida habló.
—¿Quién se atreve a perturbar mi sueño?