El Palacio Imperial.
La espada blanca flotaba sobre el pedestal.
Su hoja era perfecta.
No emitía oscuridad.
No emitía luz.
Emitía...
Silencio.
El Emperador extendió la mano.
Antes de tocarla...
La espada habló.
—¿Cuál es tu nombre?
—Soy Aureon.
Emperador de los Elarim.
La espada permaneció en silencio.
Luego preguntó.
—¿Sigues creyendo que mereces gobernar este mundo?
El Emperador dudó.
—Sí.
La espada respondió.
—Entonces...
Aún no eres digno de blandirme.
Una presión monstruosa llenó la sala.
Los consejeros comenzaron a sangrar por la nariz.
Solo por estar cerca.
Muy lejos...
Kael dejó de caminar.
Mors Aeterna vibró.
Era la primera vez que reaccionaba sola.
Kael apoyó lentamente la mano sobre la empuñadura.
—Así que...
También despertaste.