Aquella noche...
Kael soñó.
Se encontraba en un lugar completamente blanco.
Frente a él...
Había un hombre.
Vestía una armadura negra.
Su rostro estaba cubierto.
Pero llevaba una espada idéntica a Mors Aeterna.
El desconocido habló.
—Hace mucho...
Yo también fui llamado...
Fundador.
Kael dio un paso.
—¿Quién eres?
El hombre sonrió.
—Aún no.
Todavía eres demasiado débil para conocer mi nombre.
Con un movimiento de su espada...
El cielo se partió.
Los océanos desaparecieron.
Las montañas dejaron de existir.
Kael quedó inmóvil.
Nunca había visto semejante poder.
El hombre volvió a hablar.
—Si deseas cambiar el mundo...
Primero deberás aceptar...
Que incluso la muerte...
Tiene un origen.
Kael despertó de golpe.
Respiraba con dificultad.
Por primera vez
El Fundador había sentido una sensación extraña