A la mañana siguiente...
Los Apóstoles notaron algo extraño.
Kael estaba sentado...
Mirando Mors Aeterna.
No entrenaba.
No hablaba.
Solo pensaba.
Selene se acercó.
—¿Qué ocurre?
Kael respondió.
—Ayer...
Vi al hombre que empuñó esta espada antes que yo.
Todos quedaron sorprendidos.
Judicar preguntó.
—¿Y qué te dijo?
Kael levantó lentamente la vista.
—Que todavía soy débil.
Darius apretó los puños.
—¡Imposible!
¡Has derrotado a un Semidiós!
Kael negó.
—No.
Solo derroté...
Al más débil de ellos.
El silencio cayó sobre todos.
En ese mismo instante...
En un santuario oculto entre las estrellas...
Doce enormes puertas comenzaron a abrirse.
Una voz antigua resonó.
—Los Fundadores...
Están despertando otra vez.
No solo el de la Muerte.
Uno por uno...
Se iluminaron antiguos símbolos.
🔥 Fuego.
🌊 Mar.
⚡ Tormenta.
🌿 Vida.
🌑 Muerte.
⏳ Tiempo.
Y uno que estaba completamente roto...
Sin nombre.
Sin símbolo.
Como si hubiera sido borrado de la historia.
Muy lejos...
La espada blanca volvió a hablar.
—Mors Aeterna...
Después de tantos milenios...
Volveremos a cruzarnos.
Y esta vez...
Uno de nuestros portadores...
Morirá.
La hoja blanca comenzó a brillar.
Mientras que, en Noctaris...
Mors Aeterna respondió con un resplandor negro.
Kael sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Serena.
Como si hubiera aceptado el reto antes incluso de conocer a su enemigo.
Y susurró:
"Las espadas no deciden quién vive..."
Tomó la empuñadura.
"...solo revelan quién estaba preparado para morir."