Muy al oeste...
En el Reino de Arkan.
Un coliseo estaba lleno.
Dos hombres luchaban.
Uno de ellos derrotó a veinte guerreros seguidos.
No utilizaba espada.
Solo sus puños.
Cada golpe parecía un trueno.
Su nombre era...
Ragnar.
Un gigante mestizo.
Invicto durante diez años.
Al terminar el combate...
Una figura con capa negra apareció.
Kael.
Todo el coliseo quedó en silencio.
Ragnar sonrió.
—Así que tú eres el Fundador.
Kael respondió.
—He venido a hacerte una pregunta.
—¿Cuál?
—¿Prefieres seguir entreteniendo a una multitud...
...o cambiar el mundo conmigo?
Ragnar comenzó a reír.
—Primero...
Demuéstrame que puedes derribarme.
Los dos avanzaron.
Ninguno sacó su espada.
Puño.
Contra.
Puño.
¡¡BOOOOOOM!!
El coliseo entero se agrietó.
Durante varios minutos intercambiaron golpes.
Ragnar era una montaña.
Kael era velocidad.
Finalmente...
Kael bloqueó un golpe.
Y apoyó su mano sobre el pecho de Ragnar.
—Has perdido.
—¿Cómo?
Kael sonrió.
—Mientras intentabas vencerme...
Yo ya había entendido tu ritmo.
Ragnar comenzó a reír.
—¡JAJAJAJA!
¡Hace años que nadie me obligaba a pelear en serio!
Se arrodilló.
—Acepto.
Desde hoy...
Seré el Séptimo Apóstol.
El séptimo símbolo de Mors Aeterna brilló.