En el continente del norte existía una ciudad que nunca había sido conquistada.
Fenrir.
Allí vivía un espadachín conocido como Caín.
Decían que había derrotado a más de trescientos duelistas.
Nunca perdió.
Nunca sirvió a ningún rey.
Kael llegó solo.
Caín ni siquiera volteó a verlo.
—Si vienes a reclutarme...
Ya conoces mi respuesta.
Kael respondió.
—No vine a convencerte.
Vine a comprobar si las leyendas eran ciertas.
Caín sonrió.
—Entonces desenvaina.
Las espadas chocaron.
Ninguno utilizó poderes.
Solo técnica.
Cada movimiento era perfecto.
Durante horas...
No hubo un vencedor.
Al terminar...
Caín guardó su espada.
—Hace años que nadie igualaba mi esgrima.
Pero jamás seguiré a un hombre que pretende destruir el mundo.
Kael dio media vuelta.
—Entonces...
Cuando descubras por qué quiero destruirlo...
Búscame tú.
Y se marchó.
Caín permaneció inmóvil.
Era la primera vez que un enemigo no intentaba matarlo.