La batalla continuó durante horas.
Los Apóstoles comenzaban a agotarse.
Entonces...
Un niño salió de entre las ruinas.
No tendría más de ocho años.
Había perdido a sus padres.
Caminó directamente hacia Kael.
Todos gritaron.
—¡Aléjate!
Pero el niño no huyó.
Solo preguntó.
—¿Tú eres el monstruo del que todos hablan?
Kael guardó silencio.
El niño lo miró fijamente.
—No pareces un monstruo.
Pareces...
Muy cansado.
El silencio cayó sobre el campo.
Incluso algunos soldados celestiales bajaron sus armas.
Kael se agachó.
Miró al niño.
Y respondió con calma.
—Tal vez tengan razón.
Tal vez sí sea un monstruo.
Pero si debo convertirme en uno...
Para que los niños dejen de llorar por guerras que nunca eligieron...
Entonces...
Aceptaré ese nombre.
El niño abrazó a Kael.
Todos quedaron inmóviles.
Los Apóstoles sonrieron.
Virgo cerró los ojos.
Y por primera vez...
Dudó de todo aquello que había defendido durante siglos.
Muy lejos...
En el Palacio Imperial...
La espada blanca habló.
—Su corazón...
Sigue siendo humano.
El Emperador respondió.
—Entonces debemos destruirlo...
Antes de que el mundo comience a seguirlo por voluntad.
La espada guardó silencio.
Y por primera vez...
Pareció sentir respeto por el hombre que empuñaba a Mors Aeterna.